El Hollywood

by Wilson Paccha

by Wilson Paccha

 

Lo único que nos diferencia de los cerdos, es que nosotros tenemos pornografía.

CHUCK PALAHNIUK

La primera vez que asistí al Cine Hollywood fue cuando tenía seis años, y mi tía solterona obligaba a todos los sobrinos a ver las películas religiosas que proyectaban allí durante Semana Santa. Ese ritual familiar duró tres o cuatro años –no lo recuerdo exactamente-, pero siempre me pregunté por qué mi tía ponía tanto énfasis en que revisáramos nuestros asientos y nos cercioráramos de que no hubiera “nada raro o pegajoso allí”, mientras nos sobaba la cara con un pañuelo lleno de perfume cada cinco minutos. Personalmente, me parecía algo absurdo, pues el Hollywood no era muy diferente al Cine Colón o al Fénix, donde vi, invitado por la misma tía solterona, Los Gremlins, Las Tortugas Ninja, y muchas películas más. Después de cierto tiempo, me harté de las enseñanzas de Moisés, Ben-Hur, y del Maestro Splinter. Cuando un jueves santo, mi tía quiso llevarme al cine, le expliqué mi punto de vista, y le pedí que mejor fuéramos a jugar fútbol. Entonces la solterona montó en cólera, y dijo que si yo me quería comportar como un impío pateador de pelota, me podía ir olvidando de asistir al estreno de Jurassic Park. Pese a ello, no claudiqué, pero desde entonces nadie me volvió a invitar al cine.

Cuando me enteré cuál era la peculiaridad que diferenciaba al Hollywood de los otros cines, ya había encontrado las revistas porno setenteras de mi padre, así que mi curiosidad estaba saciada, luego “la magia del internet”, y dos que tres amiguitas me proporcionaron varias escenas para completar mi aprendizaje, razón por lo cual, yo no tenía el más mínimo interés en ver las películas del Hollywood.

Pero hoy me encuentro vagabundeando por el Centro Histórico y en un arranque de nostalgia, compro un six-pack de chelas, una cajetilla de cigarrillos, y entro al Hollywood. En la entrada hay dos afiches, que anuncian la proyección de Las tentaciones de Clarisse, y de Fin de semana en Bologna. Se nota que esas películas se exhiben frecuentemente, pues los afiches están gastados, y se observa rastros de cinta adhesiva en sus esquinas. Como es función continua, pago un solo ticket, e ingreso rápidamente –no vaya a ser que mi tía pase por allí y me sorprenda- a la sala.

Una vez adentro escuchar los gemidos masturbatorios del resto de asistentes a la función. Antes de instalarme, reviso bien mi asiento –mi tía estaría orgullosa de lo precavido que soy-, y abro la primera cerveza.

La película ya había empezado, así que no tengo idea de cuál de los dos films es el que estoy viendo. Se trata de una cinta vieja, los peinados de las actrices son ochenteros, y comparada con las producciones de gozno, la película me parece inocentona.

La acción se desarrolla en una mansión, lo cual debería conferirle a la cinta cierta elegancia, pero entre los diálogos –que pretenden ser picarescos-, la mala calidad de la imagen, y las voces chillonas de las actrices, la impresión que me produce está lejos de ser aristocrática.

Regreso a ver la sala, que está casi vacía. No creo que haya más de diez personas, y todos son hombres solos de edad indefinible. Como cada quien está ocupado en lo suyo, le doy un sorbo largo a mi cerveza y enciendo un cigarrillo para ahuyentar cualquier hedor ajeno. Las escenas de sexo son simples, muchos primeros planos de penetración y gemidos estridentes dominan la pantalla. Mientras doy una chupada a mi cigarrillo, se escucha el crujir de una butaca, supongo que se trata de “mi vecino” más cercano, quien se halla tres filas más abajo, aproximadamente a unos diez metros de mi posición.

Abro otra cerveza y me concentro en la pantalla. Aparecen un par de gemelas, que no aparentan tener más de quince años, en la consabida escena lésbica. Vuelve a crujir la butaca de “mi vecino”…no lo culpo, las gemelas son muy atractivas y la acción es bastante explícita.

La cerveza ya empieza a cogerme, así que voy al baño. Las paredes están repletas de nombres –masculinos y femeninos-, acompañados con números telefónicos, direcciones, dibujos obscenos, y tras pegar una meada larga y dolorosa, decido colaborar con el mural. Garabateo el nombre de la zorra de mi ex y redacto una pequeña apología sobre la conducta sexual y las características anatómicas de la muchacha en cuestión. En un principio, acompaño el graffiti con su número telefónico, con la intención de que “los cinéfilos” que frecuentan ese retrete se comuniquen con ella…pero recordé que la muy puta me clavó una orden de restricción, así que mejor me evito problemas y tacho el número telefónico. En su lugar dibujo a un enano con un falo gigante –en honor a Heimito Künst, aquel personaje de Los Detectives Salvajes, que se dedica a dibujar enanos con priapismo en cualquier lugar al que vaya-, y me siento menos vil. Debería haberme lavado las manos, pero las manchas del lavabo no me inspiraron confianza, así que abro otra cerveza, y regreso a la sala.

Una vez que estoy con la vejiga vacía y que la perturbadora presencia de “mi vecino” ha desaparecido, intento reflexionar sobre el papel de la pornografía en la sociedad contemporánea, recuerdo un poco de cuestiones teóricas posmodernas como “la pornografía es la caricaturización del sexo”, o que “en las películas porno, el hecho de que el hombre siempre eyacule en la cara de la chica, tiene una connotación ritual”… pero en ese instante, reaparecen en pantalla las gemelas, y es mejor dejar las ideas para otro rato, así que Gubern, Baudrillard, y demás intelectuales impotentes, pueden irse por la sombrita, mientras yo me pongo hecho carpa y disfruto de la película.

Lamentablemente no se repite la escena lésbica, pues aparecen dos tipos –también gemelos- y cada uno se encarga de una de las hermanitas. Abro la cuarta cerveza, y ya empiezo a sentirme de buen humor, incluso encuentro cierto encanto en los comentarios “picarescos” que hace un enano bigotón, el cuál es el único personaje de la película que no fornica.

Sin embargo, creo que es suficiente por hoy. Sé que debería cumplir con mis obligaciones académicas y quedarme a ver la segunda película, pero prefiero salir del cine y llamar a una amiguita para que me acompañe a templar más cervezas, y tal vez algo más.


 

Una respuesta a “El Hollywood

  1. Cada civilización ha albergado, como hoy alberga, ejemplos de ese llamado erotismo pornográfico cuya razón de ser se esconde, al margen de los estipulados estéticos y los análisis teóricos sobre este asunto, en el puro deseo animal, convertido por la sofisticación de la mente humana en una compleja estructura simbólica de apetencias propias. Bajo la clásica distinción entre las dos naturalezas del hombre, la de ser parte de lo sublime y parte de las bajezas e instintos animales, podemos decir que la visión erótica, ya sea festiva o artística se entremezcla con el deseo corpóreo que emana de tantas obras de toda clase, hasta el extremo de que, como podremos ver más abajo, es imposible definir una línea fronteriza entre un amor sublimado y sus pasiones recurrentes, habitadas por impulsos oscuros que aún irritan a muchos.

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