DADÁ: Por encima de los reglamentos de lo bello y de su control (BG MAGAZINE Dadá 068)

El arte no tiene la importancia que nosotros, centuriones de la mente, le prodigamos desde hace siglos. El arte no aflige a nadie y aquellos que sepan interesarse por él recibirán caricias y buena ocasión para poblar el país de su conversación. El arte es algo privado, el artista lo hace para sí mismo: la obra comprensible es producto de periodista.

-TRISTAN TZARA-

DADA fue probablemente la primera gran forma de acracia en el arte del siglo XX hasta estos días. Estamos en una Europa destruida tras la Primera Guerra mundial donde el exilio era lo habitual no solo para los activistas políticos, sino también entre los artistas y místicos que sentían a su continente muerto pero en busca de una rebelión espiritual donde la destrucción de las convenciones sociales era la única vía para restituir al individuo en toda su plenitud. El más aceptable de los sistemas es no tener sistema alguno, pues tal como escribió Goya “los sueños de la razón engendran monstruos”; como prueba bastaba ver cómo ciencia e industria convirtieron a Europa en una carnicería y DADA era revelarse contra esa visión del mundo, reivindicar nuestro derecho a ser contradictorios y tiernos cuando sea necesario, disfrutar lo efímero, darse cuenta de que solo lo arbitrario es honesto y que la belleza de los museos no es más que otra forma de tiranía donde las supuestas vanguardias no son más que sucedáneos de estéticas fracasadas. El dadaísmo jamás reconoció padre alguno, negar la tradición era lo suyo, pero es inevitable reconocer la influencia de Alfred Jarry descorchando botellas de champagne con su revólver ante el horror de los filisteos; Guillaume Apollinaire y sus caligramas, cierto romanticismo de creer que el hombre puede ser bueno si se lo propone; pero por sobre todo, Arthur Rimbaud con su grito de guerra: ¡Hay que ser absolutamente modernos!

Exiliados en Zurich, Tristan Tzara, Richard Hülsenbeck, Hans Arp, Hugo Ball y Kurt Schwitters jugaban ajedrez en la acera con el también exiliado Vladimir Illich Lenin ante la mirada desaprobatoria de su esposa Krupskaia, quien no alcanza a entender qué busca Lenin en esos jóvenes monstruos que en la noche armaban jaleo en el “Cabaret Voltaire”, perturbando el sueño necesario para todo buen revolucionario. En New York, otros exiliados,  Francis Picabia y Marcel Duchamp, se unen a Man Ray y empiezan a trabajar en soportes y técnicas nunca antes vistas, como fotomontaje y el ready made, desencadenando furia y desconcierto nunca antes vista entre los diletantes.

Mención especial dentro de la historia del dadaísmo –y del arte en general- merece el urinario de Marcel Duchamp. Este objeto cotidiano es arte no por su forma o connotación, sino por lo arbitrario de la acción y voluntad del artista al escogerlo. Para Duchamp,“se basaba en una reacción de indiferencia visual, con la total ausencia de buen o mal gusto…de hecho, una completa anestesia”. Y es este ready made el padre de las latas de sopa Campbell de Warhol, de los edificios envueltos en tela de Christo Javacheff y de muchos otros íconos contemporáneos, aunque para el filósofo Jean Baudrillard significó también “el crimen perfecto”: la muerte del arte a través de su banalización.

Entregamos mosquitos domésticos (medio stock).

-MARCEL DUCHAMP-

 

Sus innovaciones fueron fundamentales para muchos grupos de todo el siglo, por supuesto, siendo estos más snobs y con mejor suerte (surrealistas, la generación beat, pop art, etc.). La originalidad y la unicidad de DADA residía menos en la noción de escritura automática que en la insolencia ligeramente premeditada, menos en el monóculo de Tristan y los sombreros de sus chicos que en la fuerza poética vasta e incandescente de sus escritos. Convengamos que en la poesía contemporánea nadie fue tan incendiario y miedoso a la vez como DADA, porque resulta que ellos eran duros, brutales y hasta un poco impenetrables para algunos, pero también estaban llenos de susto y desasosiego como el más común de los hombres.

 

Es evidente que ninguno de los cabecillas de DADA estaba satisfecho con la idea de “movimiento artístico” o “escuela”, su irreverencia sencillamente no podía tender a agremiarse y por eso es que un buen día decidieron seguir sus caminos en solitario (casi todos, algunos se unieron al incipiente grupo surrealista -y comunista también- comandado por el avestruz André Breton, lleno de rencor y envidia hacia quienes no siguieran su mandato). Separarse porque no soportaban ser un grupo fue una de las actitudes más dadaístas jamás vistas.

 

Dadá es terrible. No le enternecen las derrotas de la inteligencia. Dadá es más bien cobarde, pero cobarde como un perro rabioso, no conoce método ni exceso persuasivo.

-TRISTAN TZARA-

 

En cuanto a la existencia o desaparición de DADA en el siglo XXI, considero que no vive ya per se: el mundo y sus comensales pasaron muy rápido las páginas en los libros de historia del arte. Por comodidad, acostumbrados a ver reproducciones de Dalí adornando cualquier restaurant barato, quedamos con la visión de que el surrealismo fue lo más genial, lo más poderoso y que al agruparse sus miembros hicieron historia fehaciente; no nos percatamos de los estertores de DADA y sus títeres, esos refrescantes aullidos, brillantes e irrepetibles. Seguramente todavía pulula en algún poema, cuadro o película nueva el germen madurado de lo que tanto amamos y que tanto nos salvó (DADA), pero debido a la posmodernidad posiblemente esté entreverado el resultado y sucumba al recato de lo fastuoso y lo rimbombante (acción anti-dadaísta por excelencia). Hace un par de años un ex-amigo muy culto me decía que tenía la sensación de que hoy por hoy toda la obra dadaísta parecía ya vieja, como old-fashioned. Yo considero que DADA fue tan genuino que se mantiene y se mantendrá vivo siempre, porque nunca trató de exhibir el caos interior por exhibirlo, dentro de ellos cundía algo más profundo y -aunque pocos lo vean- más real.

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