Holger Quiñónez con brassiere*

l_2dc094ca1ce889d729f2cb924f0b95b0

Hasta que el fango nos penetre por todos los orificios santos.

-ERNESTO CARRIÓN-

Todos en la discoteca se divertían. Todos menos yo. Debo dejar de intentar bailar en público, ¡siempre que lo hago sucede una desgracia! Después de insultar a mis amigos y antes de ser linchado, me largué del antro.

Demasiado temprano para regresar a casa. Muy tarde para conseguir nuevos amigos, empecé a deambular por «la esquina de la maldad» y luego por donde Las Negras de La Zona y les compré dos paquetes de «bazuco». Las Brujas empezaron a reírse de mi nerviosismo al tratar de armar un bate, pero una de ellas me ofreció su pipa hecha de papel aluminio. No es que se conmoviera ante mi inutilidad, sino que quería fumarse casi todo el material que acababa de comprarle… ese es uno de los mandamientos del pusher.

La calle estaba vacía, así que saqué la botella de aguardiente y empecé a beber con La Negra. Ella me pidió comida y como la droga me vuelve generoso, entré en una tienda y compré dos latas de sardinas en salsa de tomate y cucharitas de plástico. La boca nos apestaba cuando empezamos a besuquearnos. Era como meterle la lengua a Holger Quiñónez con brassier, un verdadero armario con patas. Me pidió cinco dólares para darme un oral. Negociamos y quedamos en tres. ¡Nunca había pagado tan poco por un mame! Mientras La Negra me lo hacía, empecé a acariciarle ese cabello análogo a vello axilar. Sentí cómo las espinas de la sardina y las rebabas del basuco pasaban de su lengua a mi pene, incrustándose en mi glande de boy scout. Mientras eyaculaba en su hocico pensé en la horrenda infección que acababa de contraer. Cuando le pedí que se tragara mi semen, exigió dos dólares más, pero como ya me había quedado sin dinero, ella me escupió mi propia «leche» en la cara. Para vengarme, me limpié con la manga de su chompa y salí corriendo a coger un taxi.

No importa cuántas veces me duche, el olor a sardina no se me quita del miembro. También tengo unos puntitos blancos en la cabeza del pene. Quiero creer que solo son las sobras de la base de coca.

Me dan ganas de chupármela a mí mismo para ver si consigo limpiarme y, de paso, drogarme un poquito más. Lo malo es que estoy tan gordo que ya no tengo la flexibilidad necesaria para hacer esa pirueta.

* La imagen es tomada de la página de myspace de una banda de punk quiteño, quienes -al igual que yo en este texto- tomaron el nombre de Holger Quinónez.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s