Leopoldo María Panero: el último libro, esquizoanálisis y Guayaquil (CartóNPiedra, 17/03/2013)

por Fernando Escobar Páez[1]

 

Por lo que un hombre acaba de mendigo, de borracho o de monstruo, es por la luz. Y la luz no es nuestra.

Leopoldo María Panero

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I

Poética del último libro

El lugar común más odioso y difundido dentro de la literatura es el de “poeta maldito”, título cuasi nobiliario muy útil a la hora de vender libros. En el caso de Leopoldo María Panero (Madrid, 1948), esta etiqueta es particularmente reduccionista y solo sirve para descontextualizar la trayectoria vital del autor, razón por la cual prefiero situar su obra lejos de ese cliché y ubicarla dentro del terreno de la literatura fantástica, esto pese al fuerte contenido autobiográfico de muchos de sus textos.

Si bien el dictum mallarmeano planteado por Túa Blesa –el mayor estudioso de su obra- se constituye en punto de partida válido en la arrogante lucha por definir a este poeta indefinible, se revela como insuficiente. La principal obsesión de Panero es la reescritura y corrección de un único corpus poético –que para Panero sería La Divina Comedia de Dante, texto del cual los otros libros son deformaciones- por sobre la creación pura. Su poética es la búsqueda del último libro y de la página en blanco como enemigo mortal, lo que lleva al poeta a crear un delirante juego de espejos donde el poeta es un sol negro (Túa Blesa dixit). Esta reescritura / corrección pone en evidencia su filiación borgiana, siendo Borges el autor con el que mayor similitud tiene, no en forma ni contendido –donde salvo las constantes referencias míticas y librescas[2], representan polos diametralmente opuestos- sino en lo más importante para la literatura: su búsqueda.

En este juego las nociones de espacio / tiempo se transmutan en el más cruel de los espejos, aquel que nos condena al horror vacui y que requiere de un oscuro bestiario para poblarse a sí mismo. En su narrativa Panero se nutre de Edgar Allan Poe, Arthur Machen y escritos esotéricos, pero la marca del Círculo de Lovecraft está latente, sobre todo en Palabras de un asesino, libro que sin seguir los cánones del terror cósmico, se convierte en el mejor ejemplo castellano de este sub género. En el panteón de Panero, El Sapo como animal selenita que pertenece al elemento húmedo y transporta las aguas lunares ocupa un lugar preponderante, por sobre el águila, el ciervo y la liebre. Ninguno de estos animales obedece a una elección arbitraria, todos se explican desde los mitos primigenios de Iberia.

No puedo dejar de mencionar las fábulas germánicas, expresadas con la virulencia y sadismo que les fue arrebatado por el emporio Disney. Contra esta visión edulcorada y reducción al infantilismo, Panero se revela en toda su potencia cual hada maligna:

Aparece nuevamente mi madre, disfrazada de Blancanieves[3]

La acetonia y la lamprea se disputan en el reino del ser
en el oscuro juguete para el niño muerto
en la pecera donde una vez lo dije
Juego con mis amigos.
en el bosque erra un príncipe
buscando
el sepulcro de cristal y de cuarzo
de Blancanieves: que su llanto
nos consuele, antes del Beso
antes del beso final de dos cadáveres
sobre la página en blanco,
sobre la caída de la página
que finalmente no puede caer
sino sobre sí misma: y
éste es el misterio de Blancanieves
que se corrían los niños gordezuelos de boca en boca
besándose. 

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II

Familia y esquizoanálisis

No se puede entender a Panero sin conocer su teratología familiar y como los bizantinos conflictos entre los miembros del clan prefiguraron la enfermedad mental del poeta[4].

Nacido en 1948, segundo hijo de uno de los poetas oficiales del franquismo, Leopoldo Panero y Felicidad Blanc, Leopoldo y sus hermanos –los también poetas Juan Luis y Michi- crecieron en Astorga, pequeño poblado rural de la provincia de León, España. Los Panero representaban a la nobleza decadente del lugar, y pese a los constantes problemas económicos, se empeñaban en vivir como aristócratas.

En esa familia llena de poetas, no sorprendió cuando  Leopoldo -quien tenía cuatro años y apenas sabía escribir- empezó a componer poemas que fueron recopilados por su madre. Dentro de la ingenuidad propia de la infancia, fue evidente que la musa de Leopoldo nació oscura:

Sacadme de la tumba pero
allí me dejaron con los habitantes
de las cosas destruidas
que no eran ya más que
cuatro mil esqueletos [5].

 

La desilusión hacia su familia llegaría pronto: su padre, alcohólico, de carácter estricto y frío, ordena la muerte de las crías de la mascota del hogar. Felicidad, siempre sumisa y obediente a las órdenes de su brutal esposo, ahoga a los canes a vista de los niños Panero, generando un trauma que nunca sería perdonado y que marca un punto de inflexión en la vida familiar. Aunque entre los hermanos existen varias fricciones, en ocasiones se unen para rebelarse ante el orden familiar. En esta época Leopoldo se muestra como estudiante díscolo y poco interesado en los estudios, pero brillante.

Varios de los psiquiatras que han tratado a Leopoldo afirman que su carácter narcisista –amén de un complejo de Edipo nunca resuelto- surge en su adolescencia, donde aparecen los primeros rasgos de comportamiento antisocial. El sujeto narcisista no puede establecer lazos emocionales duraderos pese a que en su extrema fragilidad necesita de mucho afecto. Al igual que el psicópata, el narcisista no desarrolla empatía hacia las personas que lo rodean y emprende un camino de autodestrucción. La historia de Panero está llena de excesos y lo ha llevado a pasar la mayor parte de vida adulta recluido en instituciones mentales.

Pero Leopoldo tiene otra opinión. Él afirma ser víctima de una conspiración donde los francmasones y rezagos de la dictadura franquista se han confabulado para destruir su vida.

En 1977, tras leer y emocionarse con la escuela psicoanalítica de Lacan y Felix Guattari, desarrolló su teoría de esquizoanálisis, que se basa en la capacidad de curar –o contagiar- un trastorno mental a través de un chorrito de agua impregnada de electricidad corporal.

Posteriormente añadió elementos grotescos a dicha teoría, como cuando para “curar” a su madre –a la cual ha diagnosticado esquizofrenia paranoide- intenta hacerle fumar cigarros que contienen sus propias heces y algunas hebras de tabaco.

¿Cómo entender una teoría tan extrema? Al margen de que no posee ningún rigor científico, el esquizoanálisis no debe ser reducido a la categoría de delirio, pues esconde una crítica mordaz hacia el sistema psiquiátrico, del cual Panero es víctima.

Michel Foucault plantea que prisiones y hospitales son empresas de ortopedia social que intentan corregir las almas descarriadas. Ello da pie a todo tipo de abusos y a que se censure todo discurso que escape de la norma: loco es aquel cuyo discurso no puede circular como el de los otros, llega a suceder que su palabra es considerada nula, pero confiere, opuestamente a cualquier otra persona, extraños poderes como el de enunciar una verdad oculta, el de predecir el porvenir, el de ver en su plena ingenuidad lo que la sabiduría de los otros no puede percibir[6].

Panero nos cuestiona no solo con su feroz poesía, sino también desde lo social, es la voz del Otro que ha sido borrada de la historia oficial, de allí que no debemos tomar al esquizoanálisis con sorna.

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III

Panero en Guayaquil a manera de epílogo (la imagen del lector contra treinta monedas)

Tenía la leyenda y los versos y el fervor de los incondicionales, un fervor canino, de perros apaleados que han caminado toda la noche o toda la juventud bajo la lluvia, el infinito temporal de caspa de España, y que por fin encuentran un lugar en donde meter la cabeza, aunque ese lugar sea un cubo de agua putrefacta con un aire ligeramente familiar.[7]

Roberto Bolaño.

Cuando en el 2010 Guayaquil tuvo su primera Feria Internacional del Libro digna de ser considerada como tal, se encargó al poeta Ernesto Carrión la realización del festival de poesía de dicho evento. Tras múltiples llamadas al Hospital Psiquiátrico Insular de Las Palmas de Gran Canaria, lugar donde Panero ingresó en 1997 por voluntad propia, Carrión consiguió la anuencia del Doctor Segundo Machado para el viaje de Panero a Ecuador, siempre y cuando vaya acompañado de alguien que vele por su integridad. Originalmente esta labor recaería en el poeta chileno Bruno Montané, pero debido a inconvenientes de última hora no fue así. Parecía que el arribo de Panero a la Feria se caía, hasta que apareció la psiquiatra Henar Galan  se ofreció para acompañar a Panero sin remuneración alguna, tan solo por el gusto de estar cerca del poeta.

En una entrevista Roberto Bolaño narraba que tenía pánico a los recitales  poéticos de Panero, no por el poeta, sino por sus fans, tan intensos que le daba la impresión que cualquier rato alguno de ellos podría secuestrar o asesinar al bardo… efectivamente, apenas Panero y Galan desembarcaron del avión, fueron secuestrados por un miembros de un dudoso “colectivo cultural” que los llevó a la playa sin autorización ni conocimiento de las autoridades de la feria.

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Meme elaborado por Mateo Martínez Abarca, admirador honesto del “aporte inmortal” de la buseta a las letras ecuatorianas.

En palabras de Galan, los poetastros playeros se dedicaron  a atormentar al poeta con versos de principiante mientras le pedían que pose para una foto digna de facebook, pero no fueron capaces ni siquiera de invitarles un cebiche, pese a que sabían que Panero no maneja dinero. Esta anécdota puede parecer intrascendente –de hecho, lo es- pero nos ayuda a entender las consecuencias de ser Leopoldo María Panero.

Oh brazo cercenado
cuyo doble es el poema, ah la nada
que al poema por doble tiene
ah la palabra impura que todo sabe de rimas
y no de vida. [8]

Dentro de su participación en la feria –para decepción de muchos que esperaban un freak show– Panero se mostró sorprendentemente lúcido, recitó en varias lenguas sus poemas de memoria y aunque fumó demasiado a lo largo de sus lecturas, algo prohibido para el común de los mortales, conquistó a la audiencia.

Salvo pequeñas travesuras como orinar en el Malecón 2000 a vista y paciencia de los municipales de Nebot –incapaces de detener al ilustre húesped-, embadurnarse con mantequilla del mini bar de su hotel, mantener furibundos duelos de mirada con las iguanas del parque Centenario y agarrar los pechos de cualquier señorita que estuviera cerca, Panero se portó bien.

Al final se marchó contento de Guayaquil, donde fue tratado como todo un rock star  -salvo por sus tacaños secuestradores (sic)- y manifestó su intención de radicarse definitivamente en el puerto principal, pues afirma odiar profundamente a España y ser violado todas las noches por sus compañeros de celda.

Para alivio de las iguanas del parque Centenario, el regreso de Panero a Ecuador no parece viable a corto plazo. Su condición de interdicto no le permite administrar sus escasos bienes ni tomar decisiones importantes respecto a su futuro. Todavía mantiene contacto telefónico con el poeta Carrión quien tiene línea directa con el sanatorio de Las Palmas.

Link del texto original:

http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/leopoldo-maria-panero-el-ultimo-libro-esquizoanalisis-y-guayaquil-3.html

 


[1] Quito, 1982. Poeta y narrador. Ha publicado los libros Miss O’ginia y Los Ganadores y Yo. Consta en varias antologías de poesía dentro y fuera del país. Su obra ha sido parcialmente traducida al inglés, alemán, portugués y francés.

[2] Mallarmé, Lautremont, Yeats, Ezra Pound y Hölderlin son algunos de los autores que más repiten dentro de los textos de Panero. Las citas, referencias y reescrituras atraviesan transversalmente toda su obra y  motivarían un análisis mucho más extenso.

[3] PANERO, LEOPOLDO MARÍA, Piedra negra o de temblar, Madrid, Libertarias / Prodhufi, 1992.

[4] No pretendo narrar detalladamente la vida de los Panero, pues esta es de conocimiento público. Para los interesados recomiendo el documental de CHÁVARRI, JAIME, El desencanto, 1976, y  el libro de FERNÁNDEZ, J. BENITO, El contorno del abismo: vida y leyenda de Leopoldo María Panero, Madrid, Tusquets, 1999.

[5] Poema escrito por Leopoldo en 1952, tomado de FERNÁNDEZ, J. BENITO, idem, pag 51.

[6] FOUCAULT, MICHEL, El  orden del discurso, Barcelona, Tusquets (fábula)  Editores, 2da edición, 2002, pag. 16.

[7] Fragmento de La parte de Amalfitano de 2666 de Bolaño donde se narra la relación obsesiva de una groupie hacia  Leopoldo María Panero. Las referencias a la biografía del poeta –hacia el cual Bolaño sentía admiración y afecto- son evidentes.

[8] PANERO, LEOPOLDO MARÍA, Águila contra el hombre, poemas para un suicidamiento, Madrid, Valdemar, 2001.

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