La unidad dual héroe / villano (BG MAGAZINE villanos 075)

por Fernando Escobar Páez

El Mal es un inmenso, poderoso deseo de ser feliz.

Luis Antonio de Villena

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El arquetipo del héroe y su anverso, el del villano se halla presentes en el inconsciente colectivo desde los albores de la humanidad, son figuras complementarias que no se pueden entender por separado. Sin embargo, no se trata de construcciones arquetípicas cerradas, pues carecen patrones absolutos, ni siquiera dentro del mismo personaje, el cual suele permutarse de acuerdo a las exigencias y valores de su época, razón por lo cual cualquier intento por definir tipológicamente a la unidad dual héroe / villano cae en el reduccionismo.

En la actualidad tendemos a asociar ambas figuras a la industria cultural norteamericana, particularmente a su rama audiovisual, siendo las historietas de super héroes uno de los productos de mayor difusión, hasta el punto de crear su propio lenguaje y convertirse en objeto de culto de millones de niños y adultos. Pero el origen de estas construcciones míticas posmodernas debe ser rastreado en la génesis misma de la humanidad, desde las tradiciones orales perdidas y el primer poema religioso, La epopeya de Gilgamesh. De este relato primordial surgieron varias deformaciones, muchas de ellas se han convertido en religiones que prosperan hoy día, donde la dualidad entre bien y mal no nos permiten apreciar la escala de grises.

El héroe por lo regular posee poderes supra humanos y tras un proceso de aprendizaje lejos de su padres, consigue sobre ponerse a un sin número de obstáculos, llega al poder y restablece el orden. En casi todas las mitologías primigenias es asociado con la divinidad solar y aunque en un inicio es un reformador, con el paso del tiempo deviene en guardián del status quo, razón por la cual termina siendo despreciado. Carece de ingenio, todo en él es fuerza bruta sin reflexión, su nivel de autoestima es similar al de una quinceañera en busca de aprobación. Representa el progreso técnico por sobre la naturaleza, el enciclopedismo ilustrado y una visión paternalista falocéntrica –los calzoncillos que resaltan las partes pudentas de Superman no son gratuitos-que le incita a obligar –y usar la fuerza de ser necesario- a que nadie se desvíe del camino trazado por el poder. El super héroe –tanto el real como el ficticio- no se diferencia mucho del perro de Pavlov: se halla condicionado para salivar frente a las migajas que le ofrece el amo, al cual venera y teme. El Cid Campeador, paradigma de la imagen occidental de héroe, conquistó ciudades y asesinó a hombres de toda raza para gloria de su monarca, el cual lo compensaba con insultos y exilio… y El Cid regresaba –cual perro arrepentido- con más territorios, lo cual, lejos de redimirlo, lo envilece.

En contraposición, el villano no suele nacer con poderes especiales, aunque recurre con frecuencia a la violencia –incluso de forma gratuita-  y no duda en pisotear a quien se interponga en su destino, se impone por sobre los demás a base de astucia y encanto. Se sabe destinado al fracaso, pero no por ello deja de luchar por que se le reconozca su lugar en el mundo. Todo villano en algún momento intentó ser héroe, comparte varios rasgos con dicho arquetipo –de hecho, deriva de aquel- como la orfandad, un viaje iniciático que le revela su misión y el destino trágico. Es un revolucionario perpetuo poseído por el ingenio. Jamás cae en el lugar común o en la cursilería, hacerlo sería una afrenta hacia sí mismo. Mientras su contraparte -el héroe- es solar y fálico, el villano es nocturno, obedece al principio femenino de la caverna –la baticueva de Batman es una alegoría de aquello y lo delata como un villano en potencia-, su inconformidad y humor retorcido lo llevan hacia el romanticismo tardío.

La rebeldía contra el sistema intrínseca del villano es lo que nos atrae hacia él. Todos hemos soñado en poner una bomba en el banco y no pagar la hipoteca, tener una banda de secuaces dispuestos a morir por causa delirantes, humillar públicamente con una broma pesada al alcalde, cumple nuestras fantasías, aquellas que el héroe reprime. Se agradece estar protegidos contra el crimen, pero ¿qué sucede cuando empezamos a asociar el mal con el poder económico que cobija al héroe? Surge un anhelo de caos, de desbancar al establisment y todos sus íconos falsarios en pro de un nuevo orden social. Este es el punto de no retorno donde héroe y villano intercambian papeles, perdiendo con ello toda su fuerza y razón de ser.

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