¡Gracias, Candirú!

Como mujer vencida
la vida que despide mal olor.

LEOPOLDO MARÍA PANERO

RT-Candiru-1500 (1)

De no ser por el Candirú, Ruth jamás se habría dejado sodomizar. Ella siempre se consideró a sí misma como hippie, y se jactaba de sus ancestros indígenas, pese a ser más aria que el propio Hitler. Parte fundamental de su hippismo barato era el negarse sistemáticamente a cualquier intento de penetración, aduciendo que fornicar es someterse… Sin embargo, toda su teoría feminazi se derrumbaba si recibía una buena mamada: nunca tuvo inconvenientes en que besara y succionara su delicada vagina, tras lo cual se limitaba a hacerme una paja.

Si bien yo estaba hastiado de la situación y varias veces pensé en abandonarla, fue ella la que me dejó. Según Ruth, el que yo no tenga esa malsana fascinación por la naturaleza, mi desdén por sus amigos mochileros y sus cuestionables aventuras, me convierten en un tipo limitado. Así que me cambió por un parchero al que le encanta recorrer pueblos miserables, selvas infectas y confraternizar con los autóctonos. Sus últimas palabras fueron: «Me gusta la naturaleza y tú eres demasiado urbano… No se trata de ti, se trata de mí, creo que me merezco alguien mejor…Además, bebes demasiado».

Al poco tiempo, Ruth, su novio hippie y otros herbívoros viajaron a la Amazonía. En la selva tomaron ayahuasca y se metieron a nadar en prístinos remansos de río. Pero ni toda su zoofilia reprimida preparó a Ruth para el Candirú (Vandellia cirrhosa), un pez de la familia de los peces gato que habita en la selva amazónica y siente debilidad por la úrea.

Todo sucedió cuando, en honor a la Pachamama, los hippies se bañaron desnudos en el río y decidieron mear en los dominios del Candirú; el cual, incentivado por el amoniaco de la orina humana, suele penetrar en la uretra del pene o por el conducto vaginal. Este pequeño pez, de aproximadamente unos seis centímetros de longitud, una vez instalado en el cuerpo de su víctima, saca espinas de su dorso, con las que se aferra al tejido muscular. La sangre producto del desgarre es alimento para el Candirú, que también ingiere la carne necrosada que deja tras de sí.

Cuando llegaron al hospital fue demasiado tarde y ni el mejor cirujano urogenital del país pudo reconstruir los órganos reproductores de Ruth. Lo perdió casi todo: labios menores y mayores, conductos; útero y trompas de falopio quedaron atrofiados de por vida. La españolísima expresión «que te folle un pez» nunca fue tan adecuada.

Cabe resaltar que el Candirú también entró en el pene del novio de Ruth, pero a él le fue mejor, y pudo salvar su «herramienta». Obviamente, apenas se repuso, el muchacho se buscó otra hippie.

Desflorada y sola, Ruth tuvo que regresar a mí. Gracias a que su vagina se transformó en una masa amorfa y purulenta, Ruth ha descubierto los placeres del sexo anal. Yo aprovecho el favor que me hizo el Candirú, pues gracias a ese simpático pescadito, Ruth me afloja su culo cada vez que se me apetece. El único inconveniente consiste en la cantidad de pomadas y lavatinas que tengo que usar para que la verga no me quede apestosa.
¡Gracias, Candirú!, de no ser por tus gloriosos hábitos alimenticios, Ruth jamás habría regresado para entregarme su ano. ¡Gracias mil, Candirú!

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