Charles Simic: la búsqueda del “silencio maternal” (CartóNPiedra, 11/08/2013)

 

por Fernando Escobar Páez

Me guiaba la creencia de que lo increíble estaba justo ante nuestras narices y también de que debe haber vida en cada cosa. Negarlo equivaldría a dividir el universo en materia muerta y los así llamados organismos vivientes. Los niños y los salvajes nunca cometen ese error. No debe extrañarnos que Cristo haya enviado a sus discípulos a que consultaran a los niños[1].

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Dušan “Charles” Simic nace en Belgrado, el 9 de mayo de 1938. Ganador del premio Pulitzer y perpetuo nominado al Nobel de Literatura, la totalidad de su obra se halla escrita en inglés, su lengua adoptiva.Pese a que afirma sentirse incómodo con su natal idioma serbocroata, Simic es uno de los mayores difusores de la cultura balcánica, traduciendo no solo a destacados poetas como Vasko Popa e Ivan Lalic, sino también mitos, adivinanzas y tradiciones del folclor popular.

El humor y la paradoja son elementos que le permitieron conservar la cordura tras ser testigo presencial de uno de los mayores horrores del siglo XX: la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la pasó bien durante la posterior dictadura comunista de Josip Broz Tito, pero gracias al desfogue tragicómico que encontró en la literatura evitó caer en la victimización. Entre sus primeros recuerdos consta el haber robado el casco de un soldado alemán muerto, gracias a lo cual contrajo piojos y se convirtió en el hazmerreír de su barrio, así como encontrarse con ahorcados decorando los árboles casi todos los días en el trayecto hacia sus clases de violín.

“Hitler y Stalin fueron mis agentes de viajes” es la frase con la que resume no solo aquellos años de su vida, sino el drama de millones de europeos que, despojados de su futuro, partieron rumbo a América con el fin de reinventar su identidad. Tras la falta de oportunidades dentro del rígido modelo comunista, su padre, un obrero con dotes de dandy, emigró a los Estados Unidos. La aristocrática madre y los niños se quedaron en Belgrado, soportando privaciones a la espera del reencuentro que solo se daría diez años después, tras una breve estancia en Paris en calidad de refugiados.

Existe una carga siniestra en muchos de sus textos, esa luz sorda que precedía a la explosión de una bomba camuflada en una pelota de fútbol o dentro de un ave exótica como aquella que reventó en manos de un vecino, el poema como un exorcismo ante ese intento patético de sentir que es la violencia, hachas de guerra, y oscuras leyendas familiares como esta:

LO QUE LAS GITANAS REVELARON A MI ABUELA CUANDO AÚN ERA JOVEN 

La guerra, la enfermedad y el hambre te harán su nieta favorita.
Serás como el ciego que ve una película muda.
Picarás cebolla y trozos de corazón en la misma sartén caliente.
Tus hijos dormirán en una maleta atada con sogas.
Tu esposo te besará cada noche los pechos como si fueran dos lápidas.

Ya vuelan los cuervos por ti y por tu gente.
Tu hijo mayor yacerá con moscas en los labios sin sonreír ni alzar la mano.
Envidiarás a cada hormiga que conozcas en la vida y a cada maleza al lado del camino.
Tu cuerpo y tu alma se sentarán en postes separados mascando el mismo chicle.

“Bella muchacha, ¿estás a la venta?”, dirá el diablo.
El sepulturero comprará un juguete a tu nieto.
Tu mente será un nido de avispas aun en tu lecho mortuorio.
Le rezarás a Dios pero Él colgará un letrero que diga “Favor de no molestar”.
No preguntes más: es todo lo que sabemos.

Ya en New York, Dušan cambió su nombre por Charles, y pese a la inicial estrechez económica, la familia consiguió adaptarse con relativa rapidez a su nueva patria, en parte gracias a que la radio alemana transmitía jazz norteamericano (sic)durante la gran guerra. Ese recuerdo de la infancia le proporcionó al joven Charles una sensación de pertenencia, que se reforzó con la visita a los antros bohemios a los que acudía junto a su padre para tomar unas copas. Aunque su aspiración primigenia era ser pintor, paralelamente escribe poemas. Estos textos juveniles serían publicados en 1959.

Al poco tiempo es reclutado por el ejército estadounidense y regresa a Francia, donde cumple dos años de servicio. Este periodo de inactividad intelectual forzada deviene en una crisis creativa que lo lleva a renunciar a la pintura y destruir sus primeros poemas[2].Una vez dado de baja, ingresa a la Universidad de New York, de la cual se gradúa en 1966. A partir de esa fecha, dedicara la mayor parte de su vida a la docencia universitaria.

La crisis creativa y vacío existencial que lo atraparon durante los años de milicia fueron superados gracias a la reinvención de su escritura. Simic entendió que las barreras entre los géneros literarios son artificiales, obra de críticos que en su cuadratura mental exigen que un poema sea claro y explicable, negando a la imaginación y sus paradojas. Simic acusa  a esa lectura acomodaticia de empobrecer no solo el lenguaje, sino la propia vida. Es necesario reivindicar el papel del asombro como pulsión creadora y saber arcano.

Sin renunciar a su formación clásica[3], se encandila con el humor y metáforas dislocadas del surrealismo y la imaginería natural de Theodore Roethke, interesándose en la poesía de los objetos, cuyas múltiples posibilidades de yuxtaposición le otorgan al poeta la mirada poliédrica de la mosca, capaz de enfocar el mismo objeto en diversas posiciones de forma simultánea, sin importar el prestigio del objeto, que bien puede ser una sábana sucia, sobras de pizza nocturna, chatarra, un cuchillo, o como en el siguiente caso, una fruta poseedora de rica vida interior:

SANDÍAS 

Entre la fruta

hay Budas verdes.

Comemos la sonrisa

y escupimos los dientes.

Sin considerarse a sí mismo un poeta de inclinación hacia la temática social, en sus páginas hay espacio para los marginados y la crítica hacia los fracasados modelos ideológicos del siglo XX. Le sorprende el ahistorisismo de la lírica contemporánea, a la que encuentra dominada por solipsismos superfluos. El poeta –a diferencia del historiador– no requiere de distancia ante el tema, sino más bien de vulnerabilidad e historias mínimas a través de las cuales expresa el sentir de la época en la cual es partícipe. Simic se asume como norteamericano pues su familia huyó de la extinta Yugoslavia fue por causa del comunismo. Su postura política se podría calificar como “progresista”, razón por lo cual no extraña su decepción ante el plan de gobierno de Barack Obama y el desfase entre sus propuestas de campaña y los hechos de su mandato: Murieron millones de personas: todo el mundo era inocente. / Yo me quedé en mi cuarto. El Presidente / hablaba de la guerra como de una mágica poción amorosa. Estos versos de Simic traspasan la lírica y son testimonio de un ciudadano que paga sus impuestos, y cuya opinión difiere de las frías estadísticas del poder, válidas para justificar rescates financieros, recortes al presupuesto y nuevas campañas bélicas.

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“El poeta simplemente reacciona frente al mundo y el mundo es un lugar desagradable para vivir”, o “El Sueño Americano consiste en ganar mucho dinero sin dejar de ser visto como una víctima”, frases lapidarias con las que incomoda a sus interlocutores, expresiones de un hombre lúcido capaz de renunciar a sus privilegios de poeta laureado, pues conoce las miserias de ambos bandos, pero no por ello abandona la certeza de que la belleza florece en las situaciones más desesperadas, vindicando la existencia y sus cantos:

Las cosas no eran tan negras como algunos las pintaban. Había un bello niño vestido de negro y jugaba con dos manzanas negras. O era una chica. Fuera lo que fuera, tenía unos pequeños dientes blancos. El paisaje al que daba su ventaba había sido oscurecido con un brochazo de pintura pesado y tosco. Todo era muy teológico, salvo cuando el niño sacó su lengua roja.

El insomnio es otro tema recurrente en la poética de Charles Simic, quien lejos de considerarlo un castigo, encuentra placeres y visiones tanto en el onirismo como dentro de la vigilia nocturna. Su trayectoria vital no puede entenderse sin este rasgo. En palabras del propio Simic: “Yo no habría sido el mismo hombre si hubiera podido dormir bien a lo largo de mi vida[4]”, o “Dios no tiene miedo del demonio, sino de los insomnes[5]”. El problema de Simic no es conciliar el sueño, sino mantenerlo, sobre todo cuando antes de recostarse ha visto algún noticiario. Conoce a Insomnia, su “primera novia”, a los doce años y ésta siempre le ha sido fiel, causándole a Simic la vergüenza de jamás haber visto la luna en sueños. Sea con los ojos abiertos o cerrados, sus textos nos ofrecen una visión alucinatoria de objetos y cotidianos, un mundo laxo donde la capacidad de asombro es lo único verdadero, sin importar si el hecho narrado tiene un origen real o ficticio.

Poco importa que filosofía, religión y ciencia moderna afirmen que solo hay una realidad posible y deseable, solo en la capacidad de asombro, el hombre puede reencontrase con el ancestro desnudo, reclamando la interconexión y capacidad de sentir de todas las cosas, la vida antes de la aparición del lenguaje, ese “silencio maternal” que las palabras nunca consiguen llenar.

La poesía es el intento por recuperar la voz de lo inanimado, empresa condenada al fracaso, pues las palabras nunca alcanzan a igualar la experiencia tras de ellas. Esta es la energía espiritual en la que cree Simic, su forma de acercarse a la noción de Dios y a la poesía: un silencio activo, “maternal” en un sentido de filogénesis que nos hermana con todos los hombres que han existido y existirán cuando nuestras lenguas modernas perezcan.

Link del texto original:

http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/charles-simic-la-busqueda-del-silencio-materno.html


[1]Vive y averigua quien eres, entrevista para la revista de poesía Crazy Horse, 1972.

[2]Simic cuenta que mientras realizaba el servicio militar, pidió a su padre que le envíe sus archivos. En la barraca de los soldados examina lo que hasta ese momento era su “obra completa” y desilusionado ante lo que lee, la rompe en pequeños pedacitos… al menos eso es lo que él creía, pues varios años después, uno de sus compañeros en la milicia le envía un paquete con varios de esos poemas, de los cuales Simic rescataría algunos versos.

[3]Destaca como sus principales influencias líricas a Chaucer, Blake, Villon, Whitman, Rimbaud y Rilke. Cuenta que su acento yugoslavo le causaba problemas para leer en voz alta a sus poetas favoritos, razón por lo cual más de una vez estalló en llanto durante su adolescencia. Simic considera que la poesía debe ser leída en voz alta, siendo esto una de las claves del proceso creativo.

[4]Yo y mi insomnio, de El flautista en el pozo, ensayos escogidos 1972 – 2003, Ediciones Cal y Arena., México, 2011.

[5]Ibídem

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