Yo soy la Reina de Inglaterra

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Cuentan que La Reina Victoria de Inglaterra desvirgó su estilete forrado con piel de marta cibelina por un diplomático expulsado de un páramo yerto. Los historiadores también apuntan que dicho funcionario fue montado en un burro al revés y exhibido por la Plaza Murillo para deleite de los campesinos, quienes le obligaron a ingerir un cántaro de salitre congelado.

La reina descarga su mustélida arma sobre el mundo que creía conocer, planisferio de serpiente marina y diamante, con la certeza de que uno de Los Imperios Donde Nunca Se Pone El Sol ha sido arruinado por la mezquindad andina. La Soberana murmura: «No longer exists, You no longer exists bitch, Bolivia no longer exists. Bitch».

Trafalgar Square, La Hora Del Té, los cilicios y hasta sus impolutas bragas le recuerdan la impotencia de su fuerza naval —otrora gloria de La Corona— frente a ese país miserable, que no debería llamarse Bolivia, sino llevar Tu Nombre, pues las dos son desiertos gélidos y receptáculo de seres grotescos.

Por eso comprendo la irrisoria venganza de Su Alteza: nada más atroz que territorios y rostros que no conocen el mar.

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