Cormac McCarthy, el más improbable de los científicos (CartóNPiedra, 09/02/2014)

blood_meridian_cover_by_ectmonster-d6359iw          por Fernando Escobar Páez

…hay más provincias negras de noche que las que he encontrado.

–      Hijo de Dios

Que Cormac McCarthy, tal vez el novelista norteamericano más reconocido en la actualidad, pase la mayor parte de sus días departiendo con ganadores del Premio Nobel no sorprende a nadie… pero que sus cofrades premiados no sean literatos, sino físicos, geoquímicos, expertos en estadística y paleobotánicos, llama la atención.

Al margen de su conocida aversión hacia el frívolo ambiente cultural, desde su infancia fue un estudioso de los fenómenos del mundo natural, y pese a que durante gran parte de su vida adulta eligió llevar una vida azarosa de trashumancia, pobreza extrema, escritura y a no poseer mayor formación académica, su afán de conocimiento permitió que a los cincuenta y un años ingresara como investigador asociado en el Santa Fe Institute,  formando parte del equipo multidisciplinario que daría vida al nuevo paradigma científico dominante: la teoría de los sistemas complejos.

Al igual que otros grandes anacoretas de la literatura norteamericana, como J.D. Salinger y Thomas Pynchon, Mc Carthy se mantiene aislado de los reflectores, pero a diferencia de estos, ha concedido un puñado de entrevistas, aunque es reacio a hablar sobre su vida, motivo por lo que existen varias contradicciones y vacíos acerca de su pasado. Rasgo característico de su obra es la ausencia de héroes, los pocos personajes que no son moralmente repugnantes, suelen ser cobardes o tontos que también merecen ser condenados. Sus grandes psicópatas de McCarthy –como el juez Holden o Anton Chigurh- son encarnaciones de un Mal insondable, que no juzga porque en su pureza es ciego y bello. Esta es la historia de cómo un oscuro vagabundo que escribe sangrientos westerns devino en el más improbable de los científicos, y –simultáneamente- en el ermitaño favorito de Hollywood.

Charles (aka Cormac) McCarthy, nace en el seno de una acomodada familia irlandesa de Rhode Island en 1933, pero casi toda su infancia transcurrió en Knoxville, Tennessee. En sus propias palabras, ingresó a la universidad solo para no tener que trabajar. Inicialmente estudió física e ingeniería, y gracias a que uno de sus profesores le encargó catalogar unos ensayos del siglo XVIII, descubrió su habilidad en la escritura, la cual pulió para escapar del frío mientras estuvo de servicio militar en Alaska.

En una última carta de mi padre él dijo que el mundo está manejado por los que aceptan la responsabilidad de manejarlo. Si es la vida que sientes que te estás perdiendo, yo te puedo decir donde la encontrarás. En las cortes de la ley, en, en el mundo de los negocios, en el gobierno. No hay nada pasando en las calles. Nada más que pantomima compuesta por los desamparados y los impotentes.

–      Suttree

Regresa a la universidad temporalmente, pero la abandona, al igual que la relación con su familia. Reemplaza su americano nombre Charles por el celta Cormac, en honor al señor de Blarney, poseedor de la mítica piedra de la elocuencia. Sus textos llegan a manos de Albert Erskine, quien fuera editor de William Faulkner y Malcom Lowry. Erskine consigue que Ramdom House fiche a McCarthy y en 1965 se publica su primera novela: “El guardián del vergel”, la cual narra un asesinato en el sur profundo de los Estados Unidos donde se entrecruzan los caminos del hijo del muerto y del victimario. Recibe buenas críticas de parte de la prensa y le permite a Mc Carthy ganarse una beca para seguir escribiendo, pero vende poquísimos ejemplares.

Pasa unos años en recorriendo Europa, donde escribe su segunda obra, “La oscuridad exterior” en la cual aparece el elemento icónico de la narrativa McCarthyana: el camino. Al igual que “El guardián”, transcurre en el ambiente rural de los Apalaches, montañas donde se esconden horrores innombrables y hombres proscritos por la ley. Entre sus bosques sombríos y pantanos insalubres se desarrolla esta historia incestuosa, pero Cormac lleva la transgresión a un punto todavía más perturbador con “Hijo de Dios”, donde recupera la historia real de un necrófilo de la región, quien ante la falta de cadáveres con los cuales satisfacer sus perversiones, pasa al asesinato de niñas, cuyos cuerpos apila cual putrefactas muñecas inflables en la cueva que le sirve de morada.

En ese entonces ya se había acabado el dinero de la beca, sus libro seguían sin vender, pero eso poco le importa a McCarthy. Construye con sus propias manos una casucha sin los servicios básicos y mantiene un estilo de vida frugal, enteramente dedicado a la escritura. Con “Suttree”, novela de corte autobiográfico donde relata su aislamiento voluntario rodeado de viciosos parias, cierra el “ciclo de los Apalaches”. Al igual que “El corazón en las tinieblas” de Joseph Conrad, el río es un camino nefado que saca a relucir las peores taras de los pseudo hombres que se internan en sus recovecos. Recibe nuevas becas y se hace de un reducido pero fiel círculo de lectores, los cuales lo ven como el sucesor natural de Faulkner.

Agotados los parajes de su infancia, separado de su segunda esposa y con otra beca para financiar magramente su existencia, se traslada a El Paso, Texas en busca del que sería su gran tema: el lejano oeste, donde su narrativa alcanzaría las cotas más altas. Antes de su novela de 1985, “Meridiano de sangre”, el western era considerado un género menor que no cabía dentro de la literatura seria, pese a que las historias de cow boys e indios son el producto más conocido de la cultura norteamericana alrededor del globo. En palabras del canónico Harold Bloom, “Meridiano de sangre culmina toda la posibilidad estética que puede tener la ficción sobre el Oeste, pone cierre a una tradición. No solamente es el western supremo, sino que también es la suprema dramatización de la violencia”.

Lejos de una interpretación romántica, McCarthy indaga en el desarraigo y exterminio que construyó Estados Unidos tal como lo conocemos: la violenta colonización de las regiones salvajes. Los psicópatas que pueblan “Meridiano de sangre” están allá del bien o del mal, no obedecen a un trauma primigenio, sino a un proceso civilizatorio que requería de cazadores de cabelleras y truhanes disfrazados de gnósticos para allanar el camino del progreso. Nunca antes la desnudez del desierto había sido descrita con tanta maestría y hondura, para lograrlo estudió la historia censurada de la Guerra con México de 1840 y recorrió en una camioneta destartalada rincones  fantasmagóricos del yermo que ni los propios narcos de la frontera se atreven a cruzar.

Aquella noche atravesaron una región salvaje y eléctrica en donde extrañas formas blandas de fuego azul corrían por el metal de los arreos y las ruedas de los carros giraban como aros de fuego y pequeñas formas de luz azul pálido iban a posarse en las orejas de los caballos y en las barbas de los hombres. Toda la noche fusilazos sin origen visible temblaron en el oeste más allá de las masas de cúmulos, convirtiendo en azulado día la noche del desierto lejano, las montañas en el repentino horizonte negras y vívidas y ceñudas como un paisaje de orden distinto cuya verdadera geología no era la piedra sino el miedo. La tormenta se acercó por el suroeste y los relámpagos iluminaron el desierto a su alrededor, azul y árido, grandes extensiones estruendosas surgidas de la noche absoluta como un reino diabólico invocado de repente o tierra suplantada que no dejaría rastro ni humo ni ruina llegado el día como no los deja una pesadilla.

–      Meridiano de sangre

Paralelamente al proceso de escritura de “Meridiano”, la ciencia llega a McCarthy como una epifanía. Siendo ya un novelista medianamente reconocido por su “ciclo de los Apalaches”, en 1981 recibe una subvención de la Fundación MacArthur. Durante la cena donde se le entregaría formalmente el cheque, se siente asqueado ante el comportamiento de sus colegas literatos: “La multitud de artistas estaba vestida y drogada y lista para ir de fiesta”[1], así que buscó refugio en la mesa de los científicos, donde se encontraba Murray GellMann, Premio Nobel de física, quien se hallaba dando forma a una comunidad de científicos disidentes del Laboratorio Nacional de Los Álamos. Su visión tiene un enfoque multidisciplinario, donde los fenómenos del mundo natural pueden ser explicados desde la metodología y lenguaje de otras ciencias. Ya se avizoraba el fin de la Guerra Fría, el nuevo motivo de preocupación era la creciente crisis de sostenibilidad y supervivencia que sufre el planeta. McCarthy se convirtió en uno de los gurús del grupo, desde su oficina teoriza sobre cómo aplazar el apocalipsis y colabora en el diseño e interpretación de patrones científicos sobre diversos ámbitos. No solo es un convencido de que el contacto con los científicos y sus rigurosos métodos le han obligado a mejorar su trabajo como escritor, existe algo más profundo en su relación laboral con el SFI[2]: busca salvar a la humanidad de sí misma colaborando en el desarrollo de un “Proyecto Manhattan”[3] a la inversa.

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1992 traería consigo la consagración definitiva de McCarthy con la primera entrega de su trilogía de la frontera: “Todos los caballos hermosos”. Por primera vez incluye una historia de amor en el texto, mantiene la violencia y desolación del desierto, pero en esta nueva etapa “luminosa” ha perdido gran parte de su sordidez si se la contrasta con su obra anterior. Se convierte en un best seller automático y ante la presión de su representante, concede su primera entrevista al New York Times. Uno de los rasgos que se destaca de este libro –y en toda la trilogía- es el detalle con que describe a los caballos, equiparable en su belleza a las mejores narraciones caninas de Jack London. Los adolescentes que inician la novela se convierten en adultos magullados por el viaje y la corrupción ajena de la que son víctimas, pero no pierden la esperanza de redimirse algún día. Uno de ellos, John Grady, vuelve a aparecer en el tercer volumen de la trilogía “Ciudades de la llanura”, donde se junta con el melancólico Billy Parham, personaje principal de la segunda parte, “En la frontera”. Hermanados por la tragedia, viven los estertores de la vida salvaje y resisten como pueden el avance del boom industrial que se asentó en la zona tras la victoria de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Pese a ser jóvenes aún, defienden un estilo de vida tradicional y están dispuestos a cualquier sacrificio con tal de mantener los códigos aprendidos durante su niñez.

Contó sus campañas en los desiertos de México y les habló de caballos muertos debajo de él y dijo que las almas de los caballos reflejan las almas de los hombres más fielmente de lo que los hombres suponen y que los caballos también aman la guerra. Los hombres dicen que esto sólo se puede aprender pero dijo que ninguna criatura puede aprender lo que no cabe en la forma de su corazón. Su propio padre decía que ningún hombre que no haya ido a la guerra a caballo puede comprender realmente al caballo y añadió que aunque esperaba que esto no fuera así, así era en realidad.

–      Todos los hermosos caballos

A fines de los 90’s se produce otro hecho que marcaría la escritura de McCarthy: se convierte en padre siendo anciano tras contraer nupcias por tercera vez. Dedicado a la crianza de su hijo, vuelve al ostracismo voluntario, aunque se mantiene activo como miembro del SFI. En el 2005 publica “No es país para viejos”, novela originalmente concebida como guión cinematográfico y que en su momento fue catalogada como imposible de filmar debido a sus violentas escenas. No solo el libro fue un éxito rotundo, llegó a la pantalla de la mano de los hermanos Coen y ganó varios premios de la Academia, provocando la primera –y penúltima- aparición del escritor en televisión. Un fallido intercambio de drogas y un golpe de suerte que no resulta ser tal, permiten a McCarthy darnos su visión de cómo empieza el apocalipsis: la pérdida de respeto hacia los valores de antaño. Los diálogos del psicópata metafísico Chigurh y el atormentado pasado del sheriff Bell poseen una prosa exquisita y alejan a esta novela del mero thriller policiaco.

Si bien todas sus novelas conllevaron un arduo proceso de investigación, es en “La carretera” donde por fin Cormac McCarthy aplica su conocimiento científico. Un invierno nuclear que lleva el mundo a la barbarie, es el trasfondo de esta novela de ciencia ficción existencialista, que al mismo tiempo es la obra más íntima de McCarthy: su declaración de amor paterno hacia su hijo John Francis, a quien considera coautor del libro, ya que muchos de los diálogos entre padre e hijo –denominados a secas así, pues en este mundo destruido los nombres propios pierden su razón de ser- son tomados conversaciones de la familia McCarthy acerca del futuro de la humanidad y como esta se ha recuperado de periodos oscuros gracias al amor entre pocos seres humanos.

Para mí lo más interesante de las cuevas es la longevidad de esta escuela artística. Las más antiguas que conocemos son las de Chauvet y son de hace 32.000 años. Y si miramos las del periodo magdaleniense, que son de hace 11.000 años, han transcurrido 20.000 años y las pinturas son prácticamente iguales… Eso me resulta asombroso, que haya podido existir una escuela artística que se haya mantenido durante 20.000 años[4].

Su último libro publicado, la obra de teatro “The Sunset Limited”[5], habla sobre los derechos de los hombres y de Dios. Antaño McCarthy opinaba que “cualquier cosa que no te conduzca hacia el suicidio, difícilmente merece ser hecha”, en esta obra parece dar a entender que su visión ha dado un giro de 180 grados, pero consigue alejarse de toda moreleja.

Se sabe que McCarthy sigue escribiendo en su confiable máquina Olivetti, en la cual trabaja hasta cinco novelas de forma simultánea, aunque resulta incierto saber si alguna vez llegarán a ser publicadas. La única certeza es que mientras tenga fuerzas, seguirá desayunando sus colegas científicos en el comedor del SFI, siempre pedirá huevos rancheros y se excusará para regresar temprano a casa, pues tiene que madrugar para llevar a su hijo a clases.

 

http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/cormac-mccarthyel-mas-improbable-de-los-cientificos.html

 


[1] Para esa comunidad intelectual,  la búsqueda de patrones comunes no se limita a las ciencias fácticas, se extiende también a las humanidades. McCarthy, pese a no haber culminado ninguna carrera universitaria, se ha formado por cuenta propia, posee un amplio bagaje en lingüística, antropología y psicología, conocimientos que encajaban en la visión del grupo de GellMann, que en 1984 daría vida al Santa Fe Institute, centro pionero en la teoría de los sistemas complejos y en el estudio de inteligencia artificial.

[2] Entrevista por David Kushner para la revista Rolling Stone, 27 de diciembre del 2011.

[3] Proyecto militar que consiguió el desarrollo de la bomba atómica  durante la Segunda Guerra Mundial.

[4] Diálogo entre McCarthy, el cineasta Werner Herzog y el físico Lawrence M. Krauss, para el programa radiofónico Science Friday, abril del 2011.

[5] Su segunda obra de teatro, en 1995 escribió “The Stonemason”. Cuenta también con dos cuentos de sus primeros pasos como escritor a finales de los años 50’s: “Wake for Susan” y “A drowning incident”.

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