Chewbacca

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Es fácil imaginarse un ano incluso sin haberlo examinado: sabes muy bien que todos se parecen. Lo que resulta difícil es imaginarse los pelos del culo puesto que, hasta en la mujer más cuidadosa, encontrarás vestigios de mechones negros rodeando su orificio. Existen tratamientos de cera caliente, pero esa higiénica técnica no es popular entre las chicas por tres razones:

Motivos económicos: Contratar a un extraño para que te arranque la vellosidad anal no es barato.

Desconocimiento: Cuando se toca el agujero, la mujer promedio piensa que cualquier objeto que tropiece con su dedo no es más que un inofensivo trozo de papel higiénico o pelusa de toalla sanitaria… ¡Craso error! Casi siempre se trata de pelos en el culo.

Prejuicio moral: Suele asumirse que la mujer que arregla sus zonas erógenas es promiscua, cuando en realidad el tunearse los genitales y el ano es un acto elemental de respeto hacia el prójimo. Contradictoriamente, la tan alabada «revolución sexual» de los hippies contribuyó a esta errada noción. Según el hippismo, la mujer debe ser «libre y velluda». Ergo, las niñas se vuelven esclavas de la pelambrera indeseable, todo en nombre de un supuesto dominio sobre sus cuerpos, cuando en realidad anhelarían que nada creciera dentro de su ano pues a toda bestia mamífera le encanta recibir un beso negro y la vellosidad excesiva en dicha zona constituye un serio impedimento estético para satisfacer nuestros protervos deseos.

Sé que las hijas de Eva dirán que mis postulados carecen de sustento ya que, como por todos es sabido, los hombres solemos ser más velludos que las mujeres. Tienen razón, pues cuando ―utilizando un complejo mecanismo compuesto por espejos, poleas, pinzas y ventosas― procedí a autoexaminarme el culo, descubrí que yo también lo tengo peludo. Es más, antes de que se ponga en tela de juicio mi honestidad intelectual, confieso que el espejo que introduje en mi ano para poder visualizarlo salió cuarteado y con un poco de mierda. Sin embargo, esto no le resta validez alguna a mis estudios, pues la existencia de vellosidad en mi ano no suprime a la pelambrera de las feminazis; de hecho, la exalta, ya que en un hombre la vellosidad refleja niveles normales de hormonas, pero la misma característica presente en una mujer es un rasgo teratológico que la emparenta con Chewbacca, aquel monstruo peludo y simpático de La Guerra de las Galaxias, una bestia olorosa hacia la que se puede sentir atracción física, pero jamás llegar a desear plenamente.

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