Soterrando pudores con Andrés Villalba Becdach (CartóNPiedra, 11/05/2014)

 

Caricaturizados por el Licenciado Wilson Paccha

Caricaturizados por el Licenciado Wilson Paccha

 

 

por Fernando Escobar Páez

 

Pedir perdón es apasionarse con la brea del asfalto, irrestricto el aceite del paquidermo en la boca, la sed de los chacales en el avión de la piedad. ¿De qué hablas huevón? Incontinencia y carencia fáctica: yo solo tengo un hueco grande grande cuando pienso en vivir. Somos rajas: punto pronto puente es hermosa la rata de la memoria[1].

 

 

La poesía ecuatoriana contemporánea, pródiga –salvo contadas excepciones- en dar a luz poemarios convencionales destinados a llenarse de polvo debajo de la cama del autor, recibe un tremendo gancho al hígado con el nuevo libro del quiteño Andrés Villalba Becdach (1981), transgresor no solo en cuanto a su temática gamberra, sino en cuanto al anómalo manejo del lenguaje que exhibe en “Soterramiento”, donde el sonsonete rabiosos del fraseo (Adolfo Macías dixit) nos introduce en el spleen de lo cotidiano, el cual solo puede atenuarse elevando la ignominia a la categoría de ritual.

Si bien Villalba ya había causado la indignación de los bien pensantes con su anterior libro “Muñones” (Eskeletra, 2011), donde otavaleños sodomitas, elementos de la cultura pop y extrañas analogías basadas en la genitalidad extrema, hicieron de las suyas, “Soterramiento” es la progresión de la majadería. Existe un hilo conductor entre ambos libros en cuanto a vértigo y argot, pero lo que evita que “Soterramiento” sea una segunda parte es la incorporación de “el mundo de los adultos” con su tragicomedia de lo laboral, elemento ausente las anteriores obras del autor, caracterizadas por su desenfado de perpetuo adolescente tardío que a lo Peter Pan se niega a crecer. “Soterramiento” marca el inicio de un nuevo ciclo vital y lírico en Villalba, quien empieza a comprender que hay que pagar para que sonrían las águilas dentro de los ojos, que no basta con prolongar lo quedo, perlonghear la coma y pregonar el drama para dárselas de poeta.

El título de la obra nos remite a la peregrina obra municipal con la que se intentó paliar la contaminación visual producida por los cables eléctricos en ciertos sectores de Quito, pero resulta engañoso, puesto que el autor, lejos de pretender esconder bajo tierra el lado abyecto de la urbe, lo exalta con un torrencial monólogo en el que circunstancialmente aparecen personajes del hampa y de la vida cultura local –para el caso, da lo mismo-, siendo el pintor Wilson Paccha el principal interlocutor de las protervas alucinaciones de Villalba. También hay espacio para diálogos imaginarios con escritores que han dejado huella en el pensamiento y manejo lingüístico del autor, como Fernando Vallejo, Juan José Rodinás, Néstor Perlongher, Osvaldo Lamborghini, Cristóbal Zapata, Haroldo de Campos, entre otros.

Hábil creador de imágenes dislocadas que no buscan llegar a ningún sitio, el poeta encabalga versos en una demencial secuencia musical que traviste los géneros literarios –herencia beat y neobarroca-, y se sirve de giros lingüísticos, fonemas, gags y cambios de idioma para lograr un efecto sonoro que funcione como una benévola arruga de morfina en el cerebro triste como un trapeador porque en poesía siempre la nube gris es más bella que la aureola y que tras la tozudez de la verbena quedan tristezas y consecuencias insondables:

 

Labor de la pérdida, Hemos visto a la noche alzarse con brazos mustios: esto también se viene abajo, tranquilo, la ruina nos ensalza: mis soldaditos son de terrón. Son los huesos besos pesos de la garrapata lapislázuli mendiga del cerebro. En el condón roto entregado como prueba a las autoridades policiales por una de las acusadoras no aparece mi ADN. Sublimes piedras para rastrillar mis ojos, no me dejes ver realidad, maquíllala, dime que las puertas son ventanas, que la antinatura es un lente de cuarzo: su luz hiere en extremo[2].

 

Con el Tush viendo el fútbol y bielando en un antro de la Plaza Fuck

Con el Tush viendo el fútbol y bielando en un antro de la Plaza Fuck

 

 

Pero dentro de tanta abyección, el autor nos ofrece un resquicio de hogar e inocencia, el cual se vuelve evidente en la sección “Gasolina errónea de la sangre”, la cual bien podría funcionar como un libro independiente. Villalba Becdach recorre la trayectoria de persecución política, felonía y lujuria que desde sus bisabuelos nos lleva al hombre que más de un siglo después escribiría el poema y –más relevante aún- daría vida al ilustrador del libro, Tomás Villalba Stornaiolo, historia narrada en el bellísimo poema “Hurto”. Más nostalgia aún en el recuerdo del fallecido “Gato” Villaba y en “Colegio Americano, 1986”, donde ya se prefigura la condición de paria que luego convertiría al niño que no quiere salir en la foto en poeta.

La certeza de que subimos en un ascensor para ser nadie en el reino de los ningunos, el cubículo de la oficina como un Tántalo de tres metros cuadrados con vista directa a la entrepierna de las secretarias recorre transversalmente el libro. El autor siempre sentado frente a una computadora china que le proporciona el Estado, acumula poemas y chuchaquis que le perjudican seriamente cuando se trata de llegar con las justas a fin de mes, pero sin el factor dionisiaco que encuentra en las letras le resultaría imposible soportar tanto papeleo y grito de jefe neurasténico, que desde su pasajera parcela de poder utiliza más saña que el gamín para atormentar al poeta:

 

…sin un peso por dos semanas no tuve para comprar

otro celular y justo me llamaron para trabajar,

cuando conseguí para el celular me cambiaron de chip y sexo

y justo me llamaron para trabajar,

cuando por fin conseguí el chip correcto perdí

el celular en un taxi y justo me llamaron para trabajar…

 

… ahora que tengo trabajito no quiero que me llamen más:

sucede que a la hora de salida algún cabrón habla mal

de mis miles de jefes y me toca amanecer descraneándome…[3]

 

La ciudad pringosa y mórbida es más que un escenario: se transmuta en todo un personaje que graffitea con negro mil derrotas y uno que otro abrazo en este libro. El autor no busca redención ni éxito: se conforma con recibir un poco de humanidad, la cual encuentra en su núcleo familiar e incluso entre los detritos sociales, aquellos con los que se reúne para fiar una botella en el bar sin nombre. “Soterramiento” es el canto de los vencidos que aprendieron a amar en medio del lodazal, poemario tóxico que nunca será considerado en el pensum de estudio de las escuelas con bachillerato galáctico, pero que será citado con respeto cada vez que se inicie una reyerta en algún lenocinio.

Estamos frente a un libro desinhibido y valiente como pocos. Nosotros como lectores no podemos ser menos, de ahí que esto no es una introducción, sino una invitación a pelar los cables armados de estos versos feroces antes de que nos censuren el extravío y que nos convenzan –vía orden administrativa- de que de los acobardados también es el reino.

 

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http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/soterrando-pudores-con-andres-villalba-becdach.html

 

 

[1] Frío como el corazón de nuestras bellas perras tontas, VILLALBA BECDACH ANDRÉS, “Soterramiento”, Editorial Ruido Blanco, Quito, Ecuador, 2014, pag 23.

[2]Aburres demasiado, ibídem, pag 69.

[3] Burrito trasquilado, ibídem, pag 176.

Una respuesta a “Soterrando pudores con Andrés Villalba Becdach (CartóNPiedra, 11/05/2014)

  1. Esta es una versión pulida (sin tantas groserías) y extendida del texto original que leí durante la presentación del libro del Tush… este es el texto base:

    Tush soterrando al burócrata Villaba

    Somos ciervos tristes cuando volvemos a Quito. La intemperie
    como patria no el sosiego. ¿Cuándo me llamaste? ¿En serio?
    Llama si puedes por favor. No nacimos para ser arrastrados,
    aprendemos a escribir boludeces para estar más solos. Sobre
    esta cresta de alacranes en llamas está tu territorio, tu corona:
    mi catástrofe, mi muñeco erguido: en las palabras y cosas más
    simples la carga de belleza se duplica.

    Resulta difícil escribir sobre un libro en el cual uno consta entre los personajes más vilipendiados, lo cual me sucede con este poemario de Andrés Villalba Becdach, conocido en los bajos mundos como “Tush”… ya le devolveré “la cortesía” en otro espacio, pues este no es el momento de hablar mal del autor como persona, sino de soterrar nuestros pudores y enfrentarnos a una poesía salvaje y anómala como ninguna otra dentro del mapa lírico ecuatoriano.
    Si bien Tush ya había causado la indignación de los bien pensantes con su anterior libro “Muñones”, donde otavaleños sodomitas, elementos de la cultura pop y tronchas vagas hicieron de las suyas, “Soterramiento” es la progresión de la majadería.
    El título nos remite a la contaminación visual de los cables eléctricos que envilecen el cielo de Quito –personaje / escenario de la mayoría de las peripecias tushianas-, pero resulta engañoso, puesto que el autor no intenta esconder bajo tierra el lado grotesco de la urbe, por el contrario, lo exalta con un torrencial diálogo entre monstruos y licenciados de benévolo miembro viril –muchos de ellos fácilmente reconocibles en esta sala- que actuamos como sus escuderos en su peculiar descenso a los Kitos Infiernos (Huilo Ruales dixit).

    El calamar vergajín de uno mismo se traviste: por unos esquizofrénicos pases suelto nomás la lonja, soy una geisha nalga sin aduana. Es que ya no me van a dejar fumar caspita del diablo. Uy, úntate un pañal, una toalla sanitaria, un tampón con nicotina líquida microbio apocalíptico de la verga y verás como pasas hasta el filtro antidrogas sonriendo y con el orto levitando como un corte pluma de cebolla, no hinches más ridículo de culo pasposo. Fúmate este en todo caso. Fúmate la quilla del Titanic por último.

    “Soterramiento” en sus secciones primera y tercera resulta ser como la pesadilla de un Haroldo de Campos trash metal y que harto de las galaxias se deja sodomizar por un Néstor Perlongher andino a cambio de unos versos empericados con los cuales matar la resaca de Estrella cirrótica ahogada en la tinta de esferito inútil que usan aquellos que fueron amamantados con leche de madre muerta; pero la tozudez de la verbena no basta para explicar al poeta, por ello quiero enfocarme en la sorprendente segunda sección de este libro donde la nostalgia / sangre ganan a la ignominia:
    Aquí Tush vuelve a ser el niño que no quiere salir en la foto y rememora la historia de persecución política, traiciones y felonías que hizo que el destino de sus dos bisabuelos, a quienes nadie les dijo que no hay por qué imponerle a otro la carga de la vida perturbando la paz de la materia, se cruzara. Ya no importa quién traicionó a quién; el Gato Villalba sigue cantando y bailando Son en su mítico sótano porque la vida es muy corta para dedicarse a envejecer, mantra que ha quedado tatuado en ese tigre que sabe llorar al que según el registro civil ecuatoriano corresponde el nombre de Andrés Anthony Villalba Becdach.
    Con Tush compartimos la ignominia de entrar al servicio burocrático hace un par de años y me consta su dolor en el ascensor que nos asciende para ser nadie en el reino de los ningunos que es la maquinaria estatal, padecimiento inevitable de quienes tenemos demasiados vicios por solventar.

    entiende si digo que con el trabajo
    se soterró el cablecillo pelado
    para fomentar la estupidez:
    el trabajo sumerge al hombre
    en un estado gaseoso adyacente
    a la deficiencia

    Esta sensación atraviesa transversalmente la mayoría de los textos de este libro, algo que no sucedía en “Muñones”, cuando el nuestro antihéroe hispano-libanés no tenía la necesidad de un trabajo fijo. En el Tántalo de su cubículo y sentado frente a una computadora china que le proporciona el estado, Tush acumula poemas y chuchaquis que perjudican seriamente cuando se trata de medio ganarse la vida, pero que la vuelven soportable y que permiten soterrar a tanto papeleo y grito de jefe mamón.
    Estamos frente a un libro valiente y cínico como pocos, y nosotros como lectores no podemos ser menos, de ahí que esto no es una introducción, sino una invitación que les hago a montar sin miedo en la nutria más cercana y pelar los cables armados tan solo de estos versos antes de que nos censuren el extravío y que nos convenzan –vía decreto dictatorial- de que de los acobardados también es el reino.

    Fernando Escobar Páez

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