Hebert, manual de usuario para güeyes (CartóNPiedra, 01/06/2014)

jULIAN

por Fernando Escobar Páez

Sé que comimos suculencias nauseabundas,
que el sinsabor de las verdades que compramos
desaparecerá. Pero nuestra vivencia
es más precisa que la fe.

TAN CLARO COMO UNA TUMBA

Al escritor mexicano Julián Herbert (Acapulco, 1971) se lo conoce tanto por su irreverente obra narrativa[i] como por su atribulada biografía: hijo de una trabajadora sexual, politoxicómano durante varios años y vocalista de bandas de rock con nombres tan contundentes como “Los Tigres de Borges” y “Madrastras”[ii]; a Herbert le sobran cicatrices y anécdotas como para convertirse en un best seller automático –otros autores con mucho menos tienen “el diablo guardián” de las grandes casas editoriales españolas- pero más allá de los reflectores que se enfocaron en su figura tras el éxito de la novela “Canción de tumba”, nos encontramos frente a uno de los poetas de mayor progresión en nuestro idioma, y como tal se presenta en Ecuador gracias a la antología de su obra poética “Las azules baladas (vienen del sueño)” a cargo de la editorial quiteña Ruido Blanco.

Quienes tras conocer el pasado de Herbert esperen encontrar en sus versos a otro émulo latinoamericano de Bukowski dedicado a explotar sus vivencias gamberras, serán decepcionados. Su vasta obra poética alcanza sus cotas más altas en las transducciones o interescritura de autores canónicos a partir de los cuales se trasviste e inicia un diálogo con la tradición poética de occidente y con su propio pasado. En este juego de espejos de tinta el poeta sale airoso, tanto por su exquisito manejo del lenguaje, como por su habilidad para mimetizarse cual camaleón dentro de voces mayores como las de Ezra Pound, Ovidio, Jorge Luis Borges, Catulo, Samuel Taylor Coleridge, Jaime Gil de Biedma e incluso en la del profeta bíblico Job, por citar solo algunos de sus referentes más constantes, si bien –dada su voracidad lectora- estos cambian cada semana.

También hay espacio para las referencias musicales, en sus versos pueden cantar desde Olivia Newton-John hasta Nirvana, King Crimson o José Alfredo Jimenez, no en vano a veces Herbert suele describirse como un “rock star wanabi” que envidia a Trent Reznor y suele trazar un simil entre sus libros y los discos que escuchó el momento de escribirlos.

Aunque Julián Herbert afirma no tener poética, y que lo suyo son “poemas nada más”, su obra no se limita a la interescritura y podemos rastrear algunas constantes como la velocidad, fusión del lenguaje erudito con argotnorteño y chicano, una especie de “zapping de los sentidos” (Maurizio Medo dixit), una veta narrativa que a ratos se acerca al conversacionalismo, cultura popular, amor/odio hacia su madre, ambiente de vecindad, ironía y símbolos arquetípicos que se repiten con frecuencia, como los caballos o el mar.

“El nombre de esta casa” [iii] (1999) tal vez el más combativo y auto biográfico de sus poemarios, posee una ira luminosa hacia ese siglo XX que debería tragarse sus aparatos envejecidos y palabras emplasticadas. El poeta se asume como lumpen al mismo tiempo que reclama una tregua, porque siente  que su voz  también puede abrazar a la gente, aunque no sea la voz de un santo.

Me doy cuenta cuando los fans de Círculo de Poesía me tachan de

cocainómano

y me prohíben usar la palabra semiótica en su página web.

No soy un poeta joven pero lo fui alguna vez.

AUTORRETRATO A LOS 41

“El cielo es el naipe” (2001) recorre lugares exaltados por el deterioro del amanecer en busca de una venganza/redención contra territorios que lastimaron al autor y sus seres queridos. La generación de Herbert nació en pleno esplendor del aeroplano, fue esterilizada por una ciencia baldía pero su destino no es guardarse el cansancio. La cobardía de no querer ser parte de ese magnicidio solitario del yo al que llamamos rutina lo lleva a la transhumancia y a compartir una botella con la misma puta de Dover que –según Anthony Hecht y Herbert- destrozó el corazón del poeta Matthew Arnold en un acantilado.

Las interescrituras toman mayor relevancia en su obra a partir de “La resistencia” (2003), libro donde los personajes ya no son hijos de Dios, sino trocitos de este. Son exiliados que roban su dosis de morfina a los heridos para obligarlos a que acompañen su llanto, confesiones acechadas por acaudalados buitres en un bosque de símbolos, pero que pese a ello resisten entre el horror y la ternura.

Sabemos que en una alucinación inconclusa de láudano Coleridge visitó Xanadú y el palacio de Kubla Khan, conocido entonces solo por las poco confiables descripciones del viajero Marco Polo y algún pergamino persa mutilado… tal vez si el bardo inglés hubiera tenido acceso al peyote también hubiera soñado con “un güey que hace poemas” –así se autodefine Herbert- terminando su poema como una sopa de letras infinita que habla desde el Fin de los Tiempos. El “Kubla Khan” (2005) de Herbert tiene locales de McDonalds pero los hombres prefieren comer plantígrados, conexión wi-fi, lupanares frecuentados por Tom Waitts y Li Po, Stephen King con su amenazante plato de sopa preocupa más que los feroces hackers escitas de la frontera, y los poemas se escriben frente a la televisión prendida en la última guerra patrocinada por la CNN, también son cantos de un palacio sagrado incrustado en la posmodernidad:

Bailábamos abrazados cuando irrumpieron los jinetes

pisoteando el jardín japonés de la entrada.

Sujetaron al pianista por el cuello

y le abrieron el cráneo, musitando:

Play it once, Sam.

Los martinis secaban la garganta

y no hubo un recipiente de vísceras o quesos

que no fuera volcado. Hacia la medianoche,

Gengis Khan bajó de su aposento

vestido de drag-queen y comiendo pastel.

Poco a poco, la fiesta se animó:

manos cortadas en la mesa de Monopoly

y en el Sony una porno situada en Año Nuevo. 

GENGIS KHAN

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“Pastilla camaleón” (2009) tiene como eje la mutación/compresión y encuentra su correlato en los discos “Revés/Yo Soy” de Café Tacvba y el álbum blanco de The Beatles: por un lado poemas breves como un paseo entre los dardos, el espejo al que creímos inocente es el mismo donde Alicia arma sus líneas de coca para llegar a El País de las Maravillas; en el otro, textos narrativos de carácter épico donde las referencias históricas y mitológicas se mezclan con una foto del autor sentado al lado del payaso Ronald McDonald para recordarnos que El Tercer Reich estuvo más cerca de lo que pensamos[iv] y que no está por demás aprender a domar los caballos, puesto que entre el sonido y la verdad, todavía se puede escoger la pradera.

Su último poemario, “Álbum Iscariote” (2013) es el más ambicioso: el uso de la fotografía y del Códice Boturini náhualt[v] lo convierte casi en un libro-objeto; la cantidad de epígrafes e incluso bloques de códigos de programación informática a los que recurre lo ubican en la raza de Frankeinstein, pero esa multiplicidad monstruosa de voces lejos de ser una tara funciona como un juego de lentes que potencia los textos, otorgándoles plasticidad suficiente para que escapen de la tradicional definición de géneros literarios, que en libros como este resulta ser insuficiente.

Leemos nada, y exigimos que esa nada carezca de matices: o vulgar o sublime. Y peor: vulgar sin lugares comunes, sublime sin esdrújulas. Asépticamente literaria. Eficaz hasta la frigidez. En el mejor de los casos, una novela posmo no pasa de costumbrismo travestido de cool jazz y/o pedantes discursos Kenneth Goldsmith’s style que demoran cien páginas en decir lo que a Baudelaire le tomaba tres vocablos: spleen et ideal.

CANCIÓN DE TUMBA

Si bien el presente texto se centra el Julián Herbert poeta, como coletilla cabe recomendar leer su obra narrativa sin el amarillismo que podría motivar su temática fuerte de drogas, promiscuidad y muerte. Herbert es un prosista capaz de crear imágenes decadentes desde la delicadeza. Sus narraciones, “Cocaína, manual de usuario” y “Canción de tumba” son atravesadas por “Moby Dick” de Herman Melville y “El Principito” de Antoine de Saint-Exúpery respectivamente, y están construidas con tal virtuosismo que nos pueden ayudar a releer dichos clásicos desde otra perspectiva: la del México feroz en el que creció Herbert.

Link del texto original:

http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/herbert-manual-de-usuario-para-gueeyes.html

[i]Amén de varios cuentos sueltos, en su producción narrativa destacan “Cocaína (manual de usuario)” (2006), “Un mundo infiel” (2004), y la ya mencionada “Canción de tumba” (2014). Como ensayista es autor de “Caníbal. Apuntes sobre poesía mexicana reciente” (2010).

[ii]Acaba de estrenar “Id machine” que fusiona lectura de poesía con música experimental, es integrante de la disquera independiente “Pakistán Records” y antes formó el proyecto de electropoesía “Soundsystem en Provenza”.

[iii]Este artículo –al igual que la antología- arranca desde el mencionado libro, antes del cual publicó los poemarios “Claves de Alejandría” (1992), “Soldados muertos” (1993) y “Chili Hardcore” (1994). La selección de los textos corrió a cargo del poeta peruano Maurizio Medo. De aquí en adelante todas las cursivas son citas textuales o parafraseos de versos de Herbert.

[iv] Algunos de los textos de esta sección son ambientados en Berlín, ciudad en la que el poeta pasó una larga estadía.

[v] “La Tira de la Peregrinación o Códice Boturini es un relato pictográfico de origen náhuatl que narra el viaje mítico del pueblo azteca desde su natural Aztlán hasta el Valle de México. Su confección data, con toda probabilidad, de los primeros años de la Colonia –aunque seguramente esté basado en documentos más antiguos. Por razones que aun hoy generan controversia entre los especialistas, el discurso que compone esta obra verbivocovisual se halla en estado trunco” señala Herbert, quien construye un delirante poema épico a través de su interpretación particular de las láminas y símbolos náhuatl.

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