La escritura clínica de Bellatin (CartóNPiedra, 08/06/2014)

 por Fernando Escobar Páez

 

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Una de las características del territorio anónimo del horror -tanto del interno como del externo que vivo de manera habitual- es que no cuenta con una escenografía adecuada para que, al menos, se tenga la mínima sospecha de que de manera intempestiva se estará inmerso en una situación que va más allá de lo imaginable. Los engranajes sociales están construidos de manera tan sutil, tal delicada, que los quiebres insignificantes, sobre todo para quien los desconoce, desatan de un momento a otro, una realidad contenida y llevada delante de esa manera durante siglos.

EL LIBRO URUGUAYO DE LOS MUERTOS.

 

 

La vida de Mario Bellatin ha transcurrido entre México y Perú, de allí que ambas naciones incluyan en su canon literario a este artista inclasificable, cuya obra está más emparentada con el Codex Seraphinianus[1] que con tradición latinoamericana alguna. Cronológicamente, pertenece a una generación de escritores donde se afirmaba que los únicos temas válidos eran el exotismo románticon del realismo mágico o la literatura como una herramienta de teorías sociológicas revanchistas del realismo social, pero Bellatin rompe de forma radical con aquellos paradigmas para ofrecernos un universo narrativo fantasmal y austero sin nombres propios ni hilo conductor visible.

Las definiciones habituales de literatura y escritor resultan insuficientes para acercarnos a este monje sufí[2] manco de nacimiento y para quien la escritura es una condición clínica que no tiene otra opción que soportar, siendo capaz de copiar páginas enteras del directorio telefónico durante más de 20 horas consecutivas en una Underwood portátil 1915 o de escribir una novela completa desde su Iphone[3].

Más que frente a un artista multidisciplinario que recurre a todos los soportes de los que dispone el arte contemporáneo, estamos ante  un creador de cartografías, álgebras o golems, que desde los espacios en blanco invita al lector a buscar una realidad anómala e infinita sin proporcionarle ninguna pista.

En muchos de sus libros se puede apreciar lo que Alan Pauls denominó “relación de histeria fría” entre imagen y escritura, donde no se sabe a ciencia cierta si el texto es un epílogo / prólogo de las enigmáticas fotografías tomadas por su cámara infantil de madera que suele incrustar al final de sus narraciones, o si dichas imágenes deben ser leídas como notas al pie de página o esqueletos gráficos de sus ficciones.

La escritura entendida como acción y no como un fin, Bellatin cuenta a su haber con más de 40 libros publicados, varias películas[4], documentales e incluso óperas, artefactos narrativos que construye con la intención de que funcionen bien más allá de que la historia sea interesante. A veces asume el rol de traductor de libros imaginarios, de antropólogo o burócrata frente a atávicas ceremonias de culturas y sectas vagamente relacionadas con las que conocemos:

 

 

Decapitado y en la horca

No es necesario conocer en detalle la forma de muerte de un líder.

El pedagogo murió decapitado y en la horca. Aquél fue el final de la historia del fundador de la Escuela del dolor humano. Cada quien lo vio en su muerte de distinta manera. Sin zapatos, con garras de pájaro, con el cuerpo cubierto de plumas, con los testículos colgándole como si de un camello viejo se tratara, con una erección presente como cuando introducía las uñas destruidas en el cuerpo de sus amantes, con los pies embalsamados como les corresponde a todos los padres del planeta e incluso con un pájaro mudo acurrucado junto a su cabeza.

LA ESCUELA DEL DOLOR HUMANO DE SECHUÁN.

 

 

Su primera etapa de producción[5] todavía cumple con ciertas convenciones de la novela moderna, pero con la excepción de su primera obra, “Mujeres de sal” (1986), prescinde de todo diálogo o narrador que ayude al lector a desentrañar el rizoma bellatinesco. De entre estas obras primigenias destaco “Salón de Belleza” (1994) y “El poeta ciego” (1998). La primera está enmarcada por la decadencia de los acuarios del gabinete regentado por un cruel estilista transexual, quien encuentra la santidad velando a desahuciados por una pandemia sospechosamente parecida al VIH que ha convertido al mundo en un lugar desterritorializado y sin ley. La segunda es una farsa sobre cómo la simbiosis entre fe y política suprime a la individualidad para dar paso a maniáticas formas de convivencia grupal, donde un líder que bien puede ser tanto Mesías como de Mutante vengador busca imponer su ideario por vía violenta  y cuyo correlato en la historia reciente latinoamericana bien podría ser Abimael Guzmán de Sendero Luminoso.

Una nueva fase ya sin linealidad alguna es la que se abre con “El jardín de la señora Murakami” (2000). Economiza el lenguaje pero no por ello su imaginario deja de ser impío, por el contrario, un humor sombrío atraviesa sus nuevas obras.

 

Estacionados en La Estación (de izq a der: Sandra Araya, Santiago Vizcaíno, Juan Carlos Cucalón, Mario Bellatin y yo)

Estacionados en La Estación (de izq a der: Sandra Araya, Santiago Vizcaíno, Juan Carlos Cucalón, Mario Bellatin y yo)

 

De aquí en adelante nos enfrentamos a una estructura ausente y silencios poblados por una gran novela fantasmagórica e incognoscible de la cual todo el trabajo artístico de Bellatin es el fragmento mínimo o borrador que está dispuesto a mostrarnos. Su prosa concisa se va construyendo con historias mínimas aparentemente inconexas cuyos personajes y episodios poco a poco se van repitiendo y fusionando hasta adquirir una forma hermética y fría como si se tratara de un tratado científico que relata hechos dolorosos sin pasión alguna.

El enigmático “Perros héroes” (2003) es considerado por Bellatin su primer libro, pues el germen y primer intento datan de cuando tenía 10 años. Una sucesión de estampas que supuestamente deberían desembocar en una reflexión sobre el futuro de Latinoamérica desde la inmovilidad de un personaje sádico que esclaviza a su familia y sueña con enviar pastores belgas malinois al espacio exterior, pese a ser el mayor cultor de dicha raza en el continente.

Aunque se narren hechos sucedidos en el pasado, se lo hace desde el tiempo presente, aparentemente esto se debe a la doctrina sufista que predica Bellatin y su concepción del tiempo que reemplaza la linealidad por una circularidad donde vivos y muertos funcionan en tiempos simultáneos e instantáneos donde todo es Un Todo, el cual puede ser contemplado girando hasta el éxtasis; además el presente es el tiempo verbal en el que mejor funcionan las descripciones, pedagogías, “pruebas” y performances a las que es dado nuestro autor.

Ejemplo de esto es su narración “Biografía ilustrada de Mishima” (2009), donde varios Yukio Mishima pueden coexistir con una encarnación decapitada suya que visita saunas gay, da conferencias con diapositivas, construye un moderno bungalow para contemplar a las mujeres desdentadas que se dirigen a sus cementerios particulares y escribe libros con el mismo título que en nuestra realidad son atribuidos por el mundo editorial a un tal Mario Bellatin, del cual desconocen los Mishimas niño / monstruo de laboratorio / monje que intentan en vano ocultar el espacio vacío que quedó sobre su cuello cuando decidieron someterse a un honroso sepukku[6] del que ya no desean acordarse:

 

 

Tanto Mishima como el artista llegaron a la conclusión de hacer del accidente –de la cabeza faltante- una suerte de hecho comunitario. Mishima deseaba que el vacío dejara de pertenecerle sólo a él y se convirtiera en un atributo que involucrase a los demás. Imaginaba la construcción de aquella parte de su cuerpo como una acción abierta, que lograra hacer del agujero algo así como un jardín público, Un espacio anónimo que todos tuvieran la responsabilidad de mantener en perfectas condiciones.

BIOGRAFÍA ILUSTRADA DE MISHIMA.

 

 

Con Mario Bellatin y los panas (Juan Carlos Cucalón, Sandra Araya,  Andrés Villalba y Consuelo Triviño) recorriendo el Centro Histérico de Quito.

Con Mario Bellatin y los panas (Juan Carlos Cucalón, Sandra Araya, Andrés Villalba y Consuelo Triviño) recorriendo el Centro Histérico de Quito.

 

 

“Los fantasmas del masajista” (2009) es el texto donde mejor podemos apreciar su destreza cinematográfica para el montaje. Surgida a partir de seis textos encargados por variopintos motivos[7], se transmutó en un cuento único multipropósito. La ilusión de ser todavía un ser completo que suelen sentir los mutilados recientes es el pretexto para narrar la trágica muerte de una declamadora cuya carrera fue arruinada por una canción de Chico Buarque y cuyas colegas buscan inmortalizar a través de una mortaja del futuro antes de que su alma migre al cuerpo de una lora que entona canciones incestuosas recién adquirida por su hijo, un masajista que atiende a Bellatin cuando va a Brasil. El ensamble de texto es tan perfecto que le da una fluidez que no encontramos en las otras obras de Bellatin.

Bellatin busca la invisibilidad, no emite juicio moral alguno sobre las bizarras actividades que desarrollan sus personajes y salvo escasas postales autoreferenciales o supuestos documentos  sobre su deformidad congénita, nada hace referencia a su yo; la gran excepción es uno de sus libros más celebrados, “El libro uruguayo de los muertos” (2012), narración en primera persona sobre el porqué Bellatin emprendió delirantes pesquisas de muñecos clandestinos en La Habana, roedores imaginarios y de la verdadera Frida Kahlo, no la pintora –a la cataloga de mujer / monstruo por su costumbre de representarse a sí misma- sino la comerciante de un alejado caserío mexicano, al tiempo que repasa hechos relevantes de su vida, como los preparativos para su funeral con derviches en su mezquita y reflexiones sobre lo que significa escribir desde un país donde los Señores de la Muerte aztecas se encuentran en el metro y en las iglesias católicas.

Entre los sueños de Mario Bellatin está el “rentar a otro escritor” para que se encargue de la parte incómoda del oficio mientras él se dedica a escribir. Ya dio un primer paso en ese sentido cuando organizó en Paris un “Congreso de literatura sin autores”, al cual acudieron actores amaestrados por escritores para representarlos. Esta es tan sólo una muestra de la inventiva de Bellatin para las happenings, que a su juicio son otra forma de escritura. También destaca su ópera / documental con niños en situación de marginalidad a partir del cuento “Bola negra” donde un entomólogo japonés se autofagocita con la esperanza de tener una muerte digna y jamás ser parte de “La Caravana de los Seres Desdentados”.

Gracias a su deformidad ha conseguido no sólo encontrar un tema para sus ficciones autónomas, sino convertir a su propio cuerpo en performance. Afirma que durante un viaje a la India arrojó su prótesis convencional al sagrado río Gánges, y suele ser visto usando prótesis en forma de gancho de pirata que a veces son reemplazadas por dildos u otros objetos peligrosos para los bien pensantes.

Actualmente se halla enfrascado en “Los cien mil libros de Bellatin”, su proyecto más ambicioso, el cual consiste en publicar cien libros de un tiraje de mil ejemplares cada uno, los cuales sin ser gratuitos pueden costar tan solo un cigarrillo. Su intención no es artesanal en serie tipo Warhol, sino ocupar el espacio vacío que dejan las grandes editoriales con libros que bien pueden tener tres hojas o trescientas, todo depende de lo que exija el texto a este extraño autor que espera alcanzar el punto donde sus textos no puedan ser leídos ni por el mismo, un nuevo no-lenguaje que le acerque a la totalidad.

 

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http://www.telegrafo.com.ec/cultura/carton-piedra/item/la-escritura-clinica-de-bellatin.html

 

 

[1]Enciclopedia ilustrada sobre un mundo paralelo y escrita en un lenguaje ininteligible por el arquitecto italiano Luigi Serafini en 1976.

[2]Bellatin practica el sufismo, rama mística del Islam.

[3]Tal es el caso de su última obra, “El hombre dinero”, Sexto Piso, México, 2013.

[4] A finales de los años 80’s, estudió cine en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de Baños, Cuba.

[5] “Mujeres de sal”, “Efecto invernadero”, “Canon perpetuo”. Salón de belleza”, “Damas chinas” y “El poeta ciego”.

[6] Suicidio ritual por destripamiento acompañado por decapitación durante la agonía practicado por los nobles y guerreros japoneses cuando ellos mismos o el Mikado consideraban que su existencia ponía en riesgo al Imperio.

[7]Un prólogo para el cuento “Los anteojos” de Edgar Allan Poe, una reflexión sobre el cuerpo, un libro homenaje a Chico Buarque, un artículo sobre el devenir de la moda, una crónica sobre un festival de declamadoras y una performance para la feria del libro de Buenos Aires.

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