Súper Agente Secreto Musaraña

la caña de musaraña

Quiero tener un hijo con Salomé. Hace meses que ella me rechaza, pero eso es secundario, pues mi decisión de preñarla es más fuerte que la mezquindad con la que me cierra las piernas.
Para llevar a cabo mi plan, empecé a guardar todos los condones que usaba con otras chicas. En las noches iba a exprimir los preservativos sobre la taza del retrete de niñas en los bares donde Salomé suele embriagarse y agarrar con cualquier tipo que se asome. Esta técnica fue un fracaso rotundo, pues según mis informantes, cuando ella entra a mear, nunca posa sus partes pudendas en el inodoro. Sin embargo, varias de sus amigas,
unas hippies menos asquientas que ella, sí se asentaron sobre el combo de semen y orines destinado para Salomé, embarazándose de mí.
Me di cuenta de que si no quería seguir procreando guaguas no deseados con pelanduscas, tenía que encontrar una vía directa para llegar a su útero. Mis amigos me recomendaron que siguiera a los clásicos y la violara, pero no es mi intención crearle un trauma ni ejercer violencia alguna sobre su cuerpo, así que descarté esa opción.
Necesitaba ayuda, requería que algún ente infectado con mi esperma se acercase a Salomé y la inseminara.

Tras arduas negociaciones, compré una musaraña amaestrada por las F.A.R.C. con la intención de que se convirtiera en el «Caballo de Troya» de mis cromosomas. Sometí a mi musaraña a sesiones de entrenamiento para que desarrollara musculatura en los esternocleidomastoideos y en su hocico cónico lleno de vibrisas sensoriales. También estudiamos mapas de la ciudad y, tras un curso intensivo de videos porno de cream pie and blow job, mi insectívoro se convirtió en todo un Súper Agente Secreto especialista en la sexualidad humana.
Para infiltrar a mi esbirro en la casa de Salomé, simplemente dejé a la musaraña dentro de una cesta de mimbre idéntica a que la que usó el Moisés bíblico en la puerta de su casa, para que ella sintiera ternura
ante aquel mamífero desamparado y lo adoptase. Cayó redondita en la trampa y convirtió a la musaraña en su mascota. Una vez que mi insectívoro se ganó su confianza, procedimos a la implementación de la tercera fase del plan.
Todas las madrugadas me citaba con la musaraña fuera de su nuevo hogar y la criatura me chupaba el pene hasta sacarme «leche», para luego regresar con mi semen en su trompa y escupir el contenido dentro del orificio de Salomé. El método funcionó a la perfección: ¡Salomé está preñada!, pero tengo miedo, pues mientras el insectívoro llevaba en su buche mi simiente, el material genético se mezcló con la saliva del animal con lo cual la paternidad del niño ya no es sólo mía, convirtiendo al feto que crece dentro de Salomé en un híbrido: mitad hombre, mitad musaraña.
El Súper Agente Secreto Musaraña se dio cuenta de aquello y me está extorsionando. Exige una cifra astronómica para renunciar a sus derechos de paternidad, pues aduce que se ha enamorado de Salomé y que quiere la custodia del monstruito que engendramos entre los tres, pero está claro que el insectívoro miente: solo quiere atormentarme para ganar dinero.

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