Talking Heads: minimalismo funk con raíces punk (CartóNPiedra, 27/07/2014)

por Fernando Escobar Páez

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[Byrne] Tenía una voz muy rara. ¿No se lo había dicho nadie? Así y todo, ¿por qué sonaba tan contento? ¿Y cómo se le ocurría cantar sobre un edificio. Nadie que yo conociese cantaba canciones sobre sus compañeros de trabajo y las comodidades de la oficina. Aquello fue, de eso estoy seguro, mi introducción a lo que un amigo definió como alta banalidad. Todavía pienso que es una buena definición de lo que Byrne escribía entonces. A fecha de hoy, esas son algunas de las palabras más extrañas que haya cantado hombre alguno.

–      DAVE EGGERS

La escena punk y new wave de New York de los 70’s no puede ser entendida sin un  escocés delgado que exhibía una imagen tan normal que resultaba más provocadora que la de un drag queen. Un chico autista que llevó la música afro al mismo garito donde tocaban The Ramones, quienes se escandalizaron ante su extraña costumbre de leer libros en lugar de romper cosas. Decir que tal o cual artista es renacentista debido a sus múltiples intereses resulta un lugar común, pero la curiosidad intelectual de David Byrne (Dumbarton, 1952) no tiene parangón en la música occidental contemporánea. Etnomusicólogo, cineasta, coach de negocios, arquitecto, escritor, activista político, ciclista, son solo algunas de sus variopintas ocupaciones, pero es reconocido mundialmente por haber sido el líder de The Talking Heads.

Radicado en los Estados Unidos desde su infancia, Byrne empezó su trayectoria artística tocando versiones folk de temas rock, un sacrilegio que era apenas tolerado debido a lo desconcertante que resultaba ver al tímido patológico del pueblo tocar y bailar como un salvaje. No tenía intención alguna de convertirse en una estrella musical, subía al escenario para experimentar una forma de comunicación que le permita obtener una pequeña gratificación social. Su verdadero interés estaba en el teatro experimental y en atormentar a sus condiscípulos de la Escuela de Diseño de Rhode Island con cuestionarios falsos y fotos artísticas de supuestos ovnis. Estas formas de expresión no encajaban en dicho ambiente pseudo rural, pero podían rendir sus frutos en New York, la meca del arte conceptual, el minimalismo  y el pop art.

A mediados de 1974, recaló en el Lower East Side, el sector más decadente de la ciudad, donde compartía un piso semi abandonado con Chris Frantz y su novia Tina Weymouth, a quienes había conocido en la facultad. Mientras por las mañanas trabajaba como acomodador en un cine, en las noches acompañaba con la guitarra a Frantz y su batería en “The Artistics”. En esta época Byrne empieza a escribir canciones propias y surge una versión primigenia de “Psycho Killer”, donde un asesino serial se auto retrata como un ser carismático y positivo para la sociedad. Incluyen a Weymonth como bajista en el grupo y cambian su nombre a “The Talking Heads”.

Además de múltiples ensayos, Byrne decidió manejar la puesta en escena e imagen del trío como una banda compuesta por gente normal en contraposición a la parafernalia extravagante de las rock bands de estadio y de las agujas punk. Los Talking Heads se presentaban con la misma ropa con la que se vestían en un día común para ir al trabajo o al supermercado, lo cual era una declaración de principios: “igual que con un uniforme escolar, se suponía que si todo el mundo tenía más o menos el mismo aspecto, el foco de atención estaría en la personalidad y en las acciones de cada uno, y no en los adornos externos”[1]. También fueron pioneros en incluir en su formación a una mujer no como símbolo sexual, sino  en calidad de un miembro más del grupo[2].

En el plano musical, su propuesta partió desde el minimalismo más radical, se definían a través de restricciones auto impuestas: querían un sonido limpio, metálico, nada de solos de guitarra, acordes distorsionados o fanfarria alguna. La voz aguda y el look deliberadamente nerd de Byrne atentaba contra del arquetipo clásico de lo que debe ser un cantante de rock. Pero el rasgo distintivo de la banda fue la inclusión de elementos funk y groove, que volvían a su música bailable. En este punto dejaron en claro que eran chicos blancos de clase media y tocaban como tales, sin fingir ser negros como otras bandas de la escena neoyorquina.

No era música para seducir el oído, pero tampoco era intencionalmente agresiva o áspera, como el punk rock. Era como mirar un borrador, un croquis arquitectónico, y tener que imaginar dónde pueden ir las paredes y el fregadero[3].

Las líricas de Byrne eran impersonales y elípticas, no recurría a típicas muletillas como gritar “¡Oh, baby!” ni invocaba al frenesí sexual o a la rebelión. Temas aparentemente fríos como la arquitectura de la ciudad, el paisaje desde la carretera, los electrodomésticos, eran interpretados por primera vez en clave rock. Sin llegar a lo poético, tomaron ideas del dadaísmo y de los beat –eran vecinos y fans de William Burroughs y Allen Gingsberg-, privilegiando la estructura de la canción por sobre el contenido emocional. El mensaje estaba en la forma dislocada con la que narraba hechos cotidianos, no en la coherencia.

Su primer concierto fue en el CBGB, un destartalado bar de motoristas reconvertido en sala de conciertos y donde se empezaba a gestar la escena punk. The Talking Heads actuaron como teloneros de The Ramones, con quienes luego se irían de gira por Europa. Dado a su formación intelectual, enseguida recibieron la etiqueta de art rock, término que nunca fue de su agrado, pues daba a entender cierto esnobismo y falta de seriedad en su propuesta musical.

Tras ganar cierto renombre, invitaron al tecladista Jerry Harrison, ex Modern Lovers, a que se una al grupo y empezaron a grabar su primer disco: “Talking Heads: 77”, que además de contener el ya mencionado “Psycho Killer”, incluye los temas más guitarreros y cercanos al punk de toda su trayectoria, como “Pulled up”, “The books I read” y la bizarra “Don´t worry about the government”, himno sobre las hipotéticas ventajas de vivir en un edificio, al mismo tiempo que –de una forma un tanto maniática- pide a sus amigos que vayan a visitarlo. Tras la gira promocional, se quedaron en Inglaterra y conocen al productor Brian Eno, ex Roxy Music, y este encuentro cambiaría la trayectoria de la banda.

La relación entre Eno y la banda de Byrne se fundó desde el comienzo en una suerte de narcisismo especular: Eno representaba las cualidades intelectuales y estilísticas que diferenciaban a Talking Heads del resto de los habitués de CBGB; mientras que el inglés veía a la banda como si estuviera integrada por Enos en potencia, músicos brillantes pero todavía inmaduros, que necesitaban su consejo y orientación[4].

Trabajando en base a conceptos y con una visión lúdica, en 1978 lanzan “More songs about buildings and food”, uno de los títulos más extravagantes que haya usado agrupación alguna. Antes de este álbum, la música new wave estaba enfocada hacia un público exclusivamente blanco, pero en este disco The Talking Heads recurren a técnicas de producción de la música afro, ampliando su paleta de sonidos con timbres y texturas extrañas introducidas por Eno, remixes y pistas superpuestas, dando origen al “art funk” o funkadelia. Los temas icónicos de esta producción son el cover de Al Green “Take me to the river”, “The girls want to be whit the girls” y “Found a job”.

“Fear of the music” (1979) hace referencia a la melofobia o miedo a la música, extraño trastorno neurofisiológico que provoca crisis convulsivas y nauseas en quien lo padece cuando es expuesto a cambios repentinos de tono y timbre sonoro. Este disco incluye más groove todavía y contiene los temas más densos de la banda, así como los primeros síntomas de un resquebrajamiento entre sus integrantes, cuando Brian Eno y Byrne decidieron incluir más bajistas y transmutar la banda en una suerte de orquesta funk, algo que relegaba a un rol secundario a Tina Weymouth. Por primera vez Byrne se atreve a escribir sobre actualidad política en su tema “Life during wartime”, donde humaniza a los integrantes de la organización terrorista Baader-Meinhof de Alemania[5]. Esta canción habla sobre la nostalgia que siente el guerrillero por su vida anterior a la militancia, cuando podía salir a un bar a emborracharse, tener novia, etc, sin tener que preocuparse por llevar pasaportes falsos o de la bomba que acaba de sembrar en una institución pública.  “I Zimbra” es un delirante poema de Hugo Ball versionado como música disco y con percusión africana por Byrne; mientras que “Drugs” intenta recrear los estados alterados de conciencia. Para interpretar esta canción en el estudio, Byrne se ponía a correr en círculos para agotarse y perder la respiración, antes de cantar una estrofa nueva, todo para crear una atmósfera de pánico y agotamiento en la grabación.

La mancuerda Eno – Byrne no se limitó a los discos de Talking Heads, tras compartir lecturas de antropología decidieron incursionar en la música africana con un proyecto paralelo llamado “My life in the bush of gosth”, donde una tribu apócrifa inventada por ellos realizaba una grabación etnomusicológica que abarcaba todos los aspectos de su hipotética cultura. Tomaron elementos funk, polirritmos del África profunda y música árabe, pero lo principal fue el cut and paste de programas religiosos radiales norteamericanos, lo cual les generó algunos problemas legales.

El dúo planeaba crear una música ritual para el posmodernismo de los Estados Unidos y Europa: un sonido trascendental y corporal que conectara la locura del protestantismo extremista con los ritmos hipnóticos africanos y la teología liberadora de Funkadelic, según la cual hay que “bailar para liberarse de toda restricción”[6].

“Remain in light” marcaría el punto más alto de la carrera de la banda, así como el final de su relación laboral con Brian Eno, cuya metodología de trabajo en estudio convirtió a la banda en una entidad abstracta, salvo por Byrne, quien pasó de líder a cuasi dictador e incluso se animó a rapear en el tema “Crosseyed and painless”. En un desborde de maxi-minimalismo, se llegó a incluir cinco bajos de forma simultánea y las progresiones, riffs, ritmos se grababan sin saber en qué lugar de la canción serían introducidos. Las tensiones dentro del estudio iban en aumento, Tina Weymouth llegó a declarar que “Brian y David son como dos adolescentes que se imitan mutuamente todo el tiempo”. Frantz y Harrisson se sentían meros músicos sesionistas rodeados de instrumentos tropicales que no comprendían, pero en medio de todo el caos, el resultado superó toda expectativa. “Remain in light” es un disco hipnótico y fundacional, aunque excesivamente funk para el público rock, el cual abandonó a la banda al considerar que se habían vuelto “nativos”; así como demasiado “blanco” para ser aceptado por los cultores del R&B. Mientras en su trabajo principal el hilo conductor era la neurosis, en este disco proponían la sanación, la cual implícitamente pasa por la reformulación radical de los valores occidentales. “Once in a Lifetime” desmitifica el sueño estadounidense de llevar una vida perfecta acumulando posesiones y logros ilusorios. En “Listening Wind” nuevamente Byrne introduce un guiño subversivo que hoy sería inaceptable, al contar la historia de un joven norteafricano que envía cartas bomba para luchar contra el neocolonialismo.

Tras un receso de tres años, el cual Byrne aprovechó para lanzar su primer disco solista y ya sin Eno como productor, publican “Speaking in tongues”, donde hacen lo impensable: tocan pop, poniéndole fin a su ciclo funk-etno-punk. Sin embargo, este disco y los posteriores[7] hasta su disolución oficial en 1991, también fueron revolucionarios a su manera. El pop de The Talking Heads estuvo caracterizado por su acidez y elegancia, destacan varias baladas como “Heaven”, “This must be the place”, así como temas bailables como “Wild wild life”, “As she was” y “Road to nowhere”. Gracias a estos singles y a sus elaboradísimos videos popularizados por la incipiente cadena MTV, alcanzaron un nivel de popularidad superlativo, siendo capaces de llenar estadios, algo inconcebible cuando eran una banda de intelectuales mal vestidos que redefinieron la relación entre arte conceptual y rock.

La  última ocasión en la que se subieron juntos a un escenario fue durante su ceremonia de ingreso al “Rock and Roll Hall of Fame” en el 2002, pero sus carreras musicales han sido fructíferas por separado. La pareja Frantz y Weymouth montó una banda new wave llamada Tom Tom Club, con la cual tuvieron varios hits, y ya entrado este milenio formaron parte de Gorilaz, la banda de dibujos animados 3D del británico Damon Albarn. Jerry Harrison produjo discos de algunas de las bandas más representativas del rock alternativo de los 90’s como No Doubt, Foo Fighters, Crash Test Dummies, entre otros, y también ha sacado tres discos como solista.

Pero, sin lugar a dudas, quien más ha brillado es David Byrne, con más de 20 discos en solitario,  varios libros, películas y bandas sonoras, instalaciones artísticas, obras teatrales, su propio sello discográfico llamado “Luaka Bop”[8], colaboraciones con artistas tan disímiles como Celia Cruz, Fatboy Slim, St. Vincent, Café Tacuba, Sonic Youth, Caetano Veloso, entre muchísimos otros. Viajero incansable, en el 2011 estuvo por Quito, promoviendo la regeneración urbana a partir de la bicicleta y de crear entornos amigables hacia la ciudadanía. Quien alguna vez fuera definido por la revista Village Voice como un “Fred Astaire espástico que vino desde Marte para traernos el baile de San Vito” pedaleo por la ciudad, conversó con los transeuntes, comió en el Mercado Central y dio una conferencia en el Centro de Arte Contemporáneo, la cual lamentablemente no tuvo la difusión que merecía.

 

Link del texto original: 

 

[1] BYRNE, DAVID, “Cómo funciona la música”, Penguin Random House / Mondadori, Madrid, España, 2012, pag 50.

[2] El único precedente conocido fue “The Velvet Underground” con Mo Tucker en la batería, y –durante un breve lapso- a la modelo alemana Nico, como cantante.

[3] BYRNE, DAVID, ibídem, pag 47.

[4] REYNOLDS, SIMON, “Postpunk: romper todo y empezar de nuevo”, Caja Negra Editora, Buenos Aires, Argentina, 2013, pag 237.

[5] Conocida también como Ejército Rojo de Alemania, fue una organización de guerrilleros urbanos inspirados en el pensamiento de izquierda radical, y que protagonizó varios atentados con bombas en la entonces Alemania Occidental entre los años 70’s y 90’s.

[6] REYNOLDS, SIMON, ibídem, pag 243.

[7] “Little creatures” (1985), “True histories” (1986) y “Naked” (1988).

[8] Este sello discográfico difunde la mal llamada “world music”, término que Byrne detesta debido a su carga peyorativa hacia lo étnico. Entre los muchos artistas a los que Byrne ha apadrinado, están la peruana Susana Baca, Zap Mama del Congo, Amigos Invisibles desde Venezuela, por citar solo algunos nombres.

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