Influjo de La Diosa Blanca en la novelística de Robert Graves (CartóNPiedra, 21/09/2014)

por Fernando Escobar Páez

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Todos los santos la vilipendian, y todos los hombres sobrios
que se rigen por el justo medio del dios Apolo,
despreciando a los cuales navegué para buscarla
en lejanas regiones, donde era más probable hallar a aquélla
a la que deseaba conocer más que todas las cosas,
la hermana del espejismo y del eco[1]

Al margen de su célebre ensayo “La Diosa Blanca”, gran parte de la vasta obra literaria de Robert Graves se halla atravesada por dicha figura mítica, ya sea como musa del acto poético, o los en rasgos de algunos protagonistas femeninos de su narrativa. La Diosa Blanca o Triple Diosa[2], es un culto neolítico de la cuenca del Mediterráneo que fue desbancado con las invasiones arias que darían origen al mundo helénico, para posteriormente ser proscrito con el advenimiento de los fálicos dioses solares, entre los que se incluye el dios cristiano.

En la sombra y asimilada por las nuevas cosmogonías dominantes, La Diosa Blanca mantuvo su categoría de arquetipo fundacional, para a mediados del siglo XX ser revitalizada por Robert Graves, lo cual acarreo al escritor la indeseable atención de hippies, feministas y aspirantes a brujas Wicca, quienes por correo le solicitaban ungüento para volar o que participe en su aquelarre.

Este texto no pretende adentrarse en el análisis comparativo de las religiones ni en la denominada “antropología antirracional”, de la cual Graves y Joseph Campbell son considerados sus mayores cultores. El objeto de estudio en esta ocasión es la obra novelística de Robert Graves, quien como poeta lírico de estirpe romántica fue nominado al Premio Nobel durante varios años, y como novelista de ficciones históricas reinventó dicho género. Gracias a esta última faceta, Graves es reconocido mundialmente, pese a que siempre declaró que su verdadera obra se encontraba en la poesía, y que la narrativa era lo que le permitía sustentarse económicamente. Esto no implica desprecio o falta de seriedad en sus polémicas novelas, cuyo génesis se encuentra en una cuidadosa relectura de autores clásicos y de tradiciones denostadas por el canon oficial.

Miembro de una aristocrática familia de escritores[3], Robert von Ranke Graves (Wimbledon, 1895) fue criado en el rígido mundo victoriano. “Por el rey y por el país” fue el credo de su hogar, del cual salió directamente para alistarse en Cuerpo Real de Fusileros durante la Primera Guerra Mundial, evento que marcaría un punto de inflexión en el hasta entonces conservador adolescente. Los horrores de la guerra estuvieron cerca de costarle la vida, cuando en la batalla de Somme (1916) fue herido de gravedad y dado por muerto. Dos meses antes había publicado su primer poemario, “Over the Brazier”. En dicho libro y en el resto de su obra poética temprana denunció la ruindad y locura de la guerra, pese a lo cual, una vez recuperado de sus heridas, intentó volver al frente de batalla, pero solo por lealtad a sus compañeros de pelotón.

Ojos grises atormentados, luminosos y ausentes
en grandes órbitas desiguales; una ceja ligeramente
caída sobre un ojo
a causa de una esquirla de misil alojada dentro,
muy dentro de la piel, como un loco recuerdo de una vieja
[guerra mundial.

Rota y torcida la nariz: un placaje en el rugby fue el culpable.
Mejillas surcadas; pelo tosco y gris que flota con delirio;
alta frente arrugada;
prominente mentón; grandes orejas; quijada pugilística;
dientes escasos; labios gruesos y rojos; ascética boca.

     Dejo de afeitarme, retiro la navaja, burlándome ceñudo
del hombre en el espejo cuya barba exige mi atención,
y una vez más le pregunto por qué
todavía, con presunción juvenil, se dispone
a cortejar a la reina en su alto pabellón de celda.

El rostro en el espejo

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En 1918 contrae nupcias con Nancy Nicholson, temperamental activista feminista con la que tuvo cuatro hijos. Ingresa  al Sain John’s College de Oxford para estudiar literatura, carrera que abandona al poco tiempo dado su creciente repudio hacia el edulcorado canon poético de los Georgians que dominaba la academia. Para 1926 y con más de diez poemarios publicados a su haber, viaja a El Cairo, donde su amigo T.H. Lawrence[4] le consiguió un puesto como profesor de la Universidad Real, trabajo que abandonó menos de seis meses después. Durante este viaje empieza su tormentosa relación con la poeta estadounidense Laura Riding, en la cual creería encontrar a la encarnación de La Diosa Blanca, algo que le sucedería con sus musas de turno. Con tan solo 34 años publica su libro de memorias “Adiós a todo esto” (1929) donde enfila sus dardos contra la acartonada sociedad británica. Junto a Riding fundarían la editorial Seizin Press, de cuyo catálogo se destaca la antología “A Survey of Modernist Poetry” que contienen obras de T.S. Eliot, E.E. Cummings, entre otros.

Ya divorciado de su primera esposa viaja por Europa con Riding para en 1929 instalarse en Deià, un poblado de pescadores de Mallorca donde construiría –sin arquitecto alguno- su casa de piedra, la cuál sería financiada por su primera novela, “Yo, Claudio”[5] y su secuela, “Claudio, el dios y su esposa Mesalina”. Estas biografías interpretativas del deforme emperador que gracias a historiadores como Seutonio, Tácito, Séneca y otros había pasado a la historia con un imbécil sanguinario –sin merecerlo- son vívidos retratos de la sociedad romana y sus intrigas palaciegas.

Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y lo-otro-y- lo-demás-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Cla-Cla-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

Yo, Claudio

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Claudio es vindicado como un erudito que tuvo que fingir ser incompetente para evitar ser asesinado por sus ambiciosos parientes. La Diosa Blanca en su carácter más terrible y lúbrico se hace presente en las figuras de Livia y Mesalina, siendo esta última la causante del declive moral de Claudio hacia el final de su reinado. Una sucesión de actos abominables, donde exóticos venenos y el sexo son armas para dominar hasta a la propia familia, la búsqueda de la divinidad personal por sobre los intereses del imperio, las pugnas de poder con el Senado y la relación de amor – odio entre las casas Julia-Claudia romana y Herodes judía[6], son narradas con fluidez y humor por la hábil prosa de Graves. Para Graves, más que una novela, los dos tomos de la vida de Claudio son un intento por descubrir la verdad sobre un complejo periodo histórico a través de la reconstrucción de la personalidad de Claudio, uno de sus testigos más lúcidos.

La Guerra Civil Española lo obligó a abandonar Mallorca en 1936 y solo podría regresar una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial. En el transcurso de este exilio escribió innumerables poemarios y ensayos. Su fama de novelista de ficciones históricas se acrecentaría con otro libro ambientado en el mundo clásico: “El Conde Belisario” (1938), la historia de Flavius Belisarius, quien logró defender al Imperio Bizantino de los bárbaros. La Diosa Blanca saca sus garras a través de la emperatriz Teodora, quien junto a su esposo Justiniano honran y humillan  al honesto Belisarius, el cual siempre regresa con nuevos territorios para gloria del imperio y desconcierto de la pareja real, intimidada por los triunfos de su general.

Tras romper su relación con Laura Riding publica dos tomos de las “Aventuras del sargento Lamb” (1940), ambientada en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. “La Historia de Marie Powell” (1943) es considerada por Graves como su mejor novela. En ella desmitifica al poeta John Milton, hacia cuya obra sentía aversión desde niño. El bardo de “Paraíso perdido” es retratado como un hombre avaro y brutal, que tenía el fetichismo tricomaniaco o “Complejo de Sansón” y sufría de estreñimiento, “la enfermedad del maestro de escuela”, según Graves. Su víctima, la joven Marie Powell quien se ve forzada a casarse con Milton, tiene la inocencia de La Diosa Blanca es su fase de doncella, pero poco a poco revela su poder y termina subyugando a su esposo.

Pero es en “El vellocino de oro” (1944) donde Graves alude por primera vez de forma directa al mito de La Diosa Blanca. La novela narra las peripecias del grupo de héroes y semidioses reclutados por Jasón para su excursión a Cólquide (actual Georgia). El temprano mundo griego, con sus costumbres, hábitos alimenticios y ritos es relatado a través de El Pequeño Anceo, héroe oracular de Samos y último superviviente de la expedición. Anceo, al igual que el resto de los Argonautas, afronta un destino trágico dictado por La Triple Diosa, cuyas sacerdotisas pondrán fin a su vida en Deià[7], el mismo poblado mallorquín al que Graves regresaría en 1946 para radicarse el resto de su vida junto a su nueva esposa, Beryl Hodge, con quien tendría cuatro hijos.

El libro más polémico de Graves estaba por venir: “Rey Jesús” (1946) no solo cuestiona abiertamente la divinidad de Cristo, a quien atribuye ser el verdadero rey de los judíos, pero por derecho de sangre, siendo su padre uno de los príncipes de la casa Herodes, quien –en complicidad con los sacerdotes del templo- droga y viola a la noble María de la dinastía del Rey David para engendrar al heredero legítimo al trono judío. El sacrilegio no termina allí: Graves afirma que Elohim, el dios hebraico, es en realidad una personificación de Seth, el malvado dios egipcio cabeza de onagro que asesinó y cortó en pedazos a su hermano Osiris. En este libro los hechos de Jesús de Nazareth son narrados a través de Agabo el Decapolitano, quien pone énfasis en el lado humano del noble Jesús y a los conflictos desatados por sus partidarios, quien buscan en su figura a un líder militar contra la ocupación romana más que a un profeta.

Homero existe ahora, y existirá cuando todos mis contemporáneos estén muertos y olvidados; y hasta he oído profetizar, impiadosamente, que sobrevivirá al propio padre Zeus, aunque no a los Hados.

La hija de Homero

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“Las islas de la imprudencia” (1949) es una novela de aventura sobre el accidentado viaje de los marineros españoles que descubrieron Australia una generación antes que los ingleses, hecho poco difundido por la historia oficial, en parte porque al final la expedición fue capitaneada por una mujer: Ysabel de Barreto, viuda del capitán Mendaña.

Iconoclasta y plenamente consagrado como escritor, en 1955 publica “La Hija de Homero”, su última gran novela. A partir de la teoría enunciada por Samuel Butler en 1896 que atribuía la versión de La Odisea que llegó nuestros días a una princesa elimana en Sicilia. Graves le da voz a esta hipotética princesa –otra encarnación de la Diosa- que para evitar a sus desagradables pretendientes que buscaban su mano para usurpar el trono de los Elimanos, modificó algunos cantos de Homero. Entre las variaciones, introdujo un personaje de su nombre, Naúsicaa en la epopeya homérica y eliminó la tradición que hacía de Penélope una adúltera cuyos súbditos esperaban “que los llamase a su lecho, sentados todos en círculo, como los perros cuando una perra está en celo”. Graves sustenta la viabilidad de este relato en el hecho comprobable de que existe un divorcio entre los cantos iniciales de La Odisea y el resto del texto, lo que hace lógico suponer la intervención de varios escribas que aportaron a darle forma definitiva con el paso de los siglos. Estos escribas serían conocidos como “Hijos de Homero”, siendo Náusicaa parte de esta cofradía.

De aquí en adelante, Graves se dedicaría casi exclusivamente a la poesía y al ensayo sobre la historia de las religiones y mitos varios. Destacan el ya mencionado libro “La Diosa Blanca”, publicada gracias a la mediación del poeta T.S. Eliot en la prestigiosa editorial Faber. Este texto surgió con la intención de rescatar los elementos no judíos que se encuentran en la tradición cristiana, la cual se nutrió de mitos célticos como “La Batalla de los árboles” para lograr penetrar en la población británica. En “Los mitos hebreos” (1964) escrito en colaboración con Raphael Patai, retoman tradiciones talmúdicas en las cuales Dios tiene una esposa, la cual le sirve de punto focal.

Para casi todos los helenistas, sin excluir a Grimal, los mitos que registran son meras piezas de museo o fábulas curiosas y antiguas. Graves los estudia cronológicamente y busca en sus cambiantes formas la evolución gradual de verdades vivas que no ha borrado el cristianismo. No se trata de un diccionario, se trata de una obra que abarca siglos y que es imaginativa y orgánica.

Jorge Luis Borges

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Su trabajo más célebre dentro de los estudios mitológicos son los dos tomos de “Los mitos griegos”, cuya riqueza está no en su exquisita erudición, sino en la contextualización de los mitos dentro de la realidad política, social y económica del mundo helénico.

En Deiá encontró su lugar en el mundo, lejos de la política –las restricciones de la España franquista no llegaban hasta el alejado pueblo- y en su casa de piedra bautizada como Ca n’Alluny recibió a los mayores intelectuales del siglo XX. Alternaba la escritura con el trabajo en el huerto familiar y rara vez se lo veía por la aldea. Mantendría esa rutina hasta que sus facultades mentales y físicas lo abandonaron algunos años antes de morir en 1985.

 

Link del artículo original: 

[1] Fragmento del poema / dedicatoria con el que Robert Graves abre su ensayo “La Diosa Blanca: gramática histórica del mito poético”, publicado en 1948.

[2] Luna nueva / llena / menguante; doncella / ninfa / vieja fea; primavera / verano / invierno; aire superior / tierra o mar / mundo subterráneo; Selene / Afrodita / Hécate, entre sus múltiples nombres dependiendo del lugar de la cuenca del Mediterráneo. “Sus adoradores nunca olvidaron que no se trataba de tres diosas, sino de una, aunque en la época clásica el templo de Estínfalo en Arcadia era uno de los pocos que quedaban en los que todas ellas llevaban un mismo nombre: Hera” afirma Graves en el primer tomo de “Los mitos griegos”.

[3] Su tío abuelo, Leopold von Ranke es considerado fundador de la historia moderna como ciencia. Su padre Alfred Perceval Graves fue un destacado poeta anglo-irlandés. Tres de los ocho hijos de Robert Graves se han dedicado a la literatura, destacando su hija Lucía.

[4] Conocido como “Lawrence de Arabia”, de quién Graves escribiría su primera biografía autorizada en 1927. Posteriormente Graves colaboraría en el guión de la película ganadora del Oscar en 1963.

[5] Publicada en 1934, originalmente esta obra iba a llamarse “El emperador Calabaza”, en referencia al poema satírico contra Claudio “Divi Claudii Apocolocyntosis” de Séneca encargado por el emperador Nerón.

[6] El emperador Claudio sería quien proclamó “Rey de los judíos” a Herodes Agripa I.

[7] Según Graves, antiguamente, Mallorca era conocida como las islas Hespérides, casi en el fin del mundo conocido por los griegos, y donde se desarrolla el undécimo trabajo de Hércules, a quien se le ordenó robar las manzanas doradas de la Diosa Blanca… Graves afirma que en realidad eran naranjas y el mito sirve para explicar cómo los griegos aprendieron a cultivar dicha fruta.

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