La caquita de Dios

Siento como si Dios hubiera usado el baño de una gasolinera y yo fuera su caquita. El muy Todopoderoso se olvidó de jalar la palanca, y me dejó a mí, la creación de su ano, flotando en el inodoro, mientras las personas entran a mear encima de mí y nadie se atreve a tirar la cadena, porque saben que soy un regalo oloroso de Dios para la humanidad: es mejor taparse la nariz y fingir que no estoy ahí.

Cuando tú te asomaste al retrete, me enamoré inmediatamente. Pensé que tus senos diminutos iban a crecer para apretar la maldita palanca que evita que llegue a mi destino final. Pero en lugar de eso, te limitaste a echarme encima una meada gélida que me deshizo en partículas marrones.

En tus funciones excretorias solo encontré mezquindad, sin embargo, espero tu regreso. Que como las piadosas moscas que me acompañan, poses tus articulaciones sobre mis restos y me lleves contigo. A donde vayas.

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