La Tabla Triplex

Ella era fea. Su apodo —yo mismo se lo puse— es la Tabla Tríplex: un ente plano, vacío y áspero. Mi rubia desabrida que podría confundirse con un objeto de carpintería. Sin embargo, la quería. Nuestra relación era como cagar en una casa ajena: con miedo a que alguien entre mientras examinas cuánta mierda el papel pudo arrancar de tu culo. Debo aclarar que no me avergonzaba de ella. Si nos escondíamos era por su novio, pues pese a su carencia radical de curvas la Tabla Tríplex estaba menos sola que Yo. Al inicio nuestros encuentros se limitaban a cerveza fría y mamadas clandestinas. A veces nos besábamos.

Como si no bastara con su planicie, Ella tuvo un accidente, lo cual fortaleció nuestro contubernio. La silla de ruedas le daba una voluptuosidad que antes no tenía, sus escasas formas femeninas adquirieron cierto volumen gracias a la postración obligatoria. Ergonómicamente hablando, penetrarla era incómodo, pero en lugar de llevarla en brazos hacia la cama, Yo prefería follármela con silla y todo.

Arrancarle chirridos al metal —y de paso también a laTabla Tríplex— se convirtió en la razón de mi vida. Lo triste es que Ella se recuperó. La silla de ruedas, testigo rodante de nuestra abyección, fue donada a una institución benéfica. Ya no extraño a la Tabla Tríplex, pero me deprime saber que en este momento un horrendo anciano estará tratando de limpiar las manchas de semen y menstruo con las que bendecimos a la invalidez.

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