Ninguna flor para Ray Manzarek (Revista CCE, julio 2013)

por Fernando Escobar Páez

RayManzarekTheDoorsRocknCycles

Los que escuchan cierran los ojos y sonríen con beatitud. Es como si The Doors tocaran directamente al centro de sonrisa del cerebro.

– Susan Szekely, The New York Post.

Se suele considerar a Jim Morrison como el miembro más cerebral de The Doors, tal vez por su sobredimensionada fama de “poeta maldito del rock” –cliché que pocas veces se justifica– aderezado con chamanismo light; pero la verdadera inteligencia, el lado lúcido y creativo de la banda, siempre fue el tecladista Ray Manzarek, músico que experimentó con nuevas texturas sonoras sin las cuales no podríamos comprender el movimiento indie, el pop y la música electrónica de nuestros días.

La poderosa sombra del “Rey Lagarto” devenida en ícono contra cultural y fábrica de camisetas tapó a los otros miembros de la banda –Kriegger con su guitarra y distorsiones bluseras y el rítmico Densmore en la batería-, pero por sobre todo al virtuoso Manzarek. Tal vez eso fue lo mejor, no solo en el aspecto personal, pues –a diferencia de Morrison- ellos consiguieron escapar con pocos daños de la espiral de autodestrucción que impone el star sistem, sino también para la música, pues pese a pertenecer a uno de los grupos de rock más populares de la historia, el sobrevivir les permitió crecer como artistas de culto y ser apreciados por sus colegas, mas no por la masa y sus siempre efímeros flashes.

Nació en el seno de una familia polaca de Chicago en 1939, Raymond Daniel Manczarek, y su ambición primigenia fue convertirse en estrella del baloncesto colegial, pero sus dedos largos y sensibles no eran del todo aptos para encestar, así que su entrenador le dio un ultimátum: o pasaba a jugar de base o se retiraba del equipo. El orgullo pudo más y para suerte de los melómanos, perdimos a un deportista mediocre pero ganamos a uno de los mayores tecladistas de la historia, aunque en sus inicios, las clases de piano clásico obligatorias fueron una tortura para Raymond, quien recuerda:

Los primeros cuatro años odié aquello –hasta que aprendí a hacerlo bien–, pero luego se volvió divertido, más o menos por la misma época por la que comencé a escuchar música “negra”. Tenía 12 o 13 años y jugaba béisbol en un campo, alguien tenía prendida una radio sintonizando una estación “negra”. Desde allí no pude despegarme de ello. Solía escuchar a Al Benson y a Big Bill Hill, los cuales eran disc jockeys de Chicago. Desde ese momento toda la música que escuchaba era en la radio. Mi manera de tocar el piano cambió, fui influenciado por el jazz. Aprendí a tocar ese largo piano con mi mano izquierda y supe qué era aquello: algo con ritmo, jazz, blues rock.

En ese punto la música dejo de ser una actividad complementaria que desarrollaba para satisfacer el ego de sus padres, pero su pasión estaba orientada hacia el cine, al que consideraba como la forma artística americana por excelencia en el siglo XX. La música era un buen complemento, pero no su prioridad. Tras culminar sus estudios formales como economista a los 23 años, migra a Los Ángeles, donde su intención era estudiar derecho –al menos eso dijo a  sus padres– pero a las pocas semanas estaba inscrito en la Escuela de Cine de la Universidad de California.

El sol, la mítica estética de los primeros surfers, el ambiente entre beatnik y flower power de su facultad, sus hermanos –quienes también se hallaban radicados en Los Ángeles– le incitaron a retomar la música, formando con su familia el grupo Rich and the Ravens, obteniendo cierto éxito en fiestas y bares locales.

Paralelamente, su carrera como cineasta empezaba a despuntar, sus profesores lo consideraban un alumno prodigio y sus cortometrajes de contenido autobiográfico fueron reseñados por la prestigiosa Newsweek Magazine.

Let’s swim to the moon,
Let’s climb through the tide 
Penetrate the evenin’ that the 
City sleeps to hide 
Let’s swim out tonight, love 
It’s our turn to try 
Parked beside the ocean 
On our moonlight drive.

Pero un encuentro fortuito en 1965 daría lugar a la leyenda que cambiaría su vida: se hallaba meditando en la playa cuando es abordado por un jovencísimo James Douglas Morrison, estudiante díscolo con el que compartió algunas clases de cine, pero que abandonó la universidad con el firme propósito de convertirse en poeta. La historia cuenta que un Raymond con poca fe en las habilidades líricas de su ex condiscípulo le pide que recite uno de sus poemas. Morrison responde con el oscuro y sensual Moonlight Drive, dando lugar al asombro de Manczarek, quien inmediatamente le invita a unirse a la banda de sus hermanos.

Los Manczarek graban una maqueta con Morrison, pero no se convencen del resultado, sin embargo Raymond insiste con el proyecto, le quita la “c” polaca a su apellido –en parte para diferenciarse de la banda de sus hermanos, en parte porque nombres excesivamente étnicos no tenían posibilidades comerciales en los Estados Unidos- y convoca a dos músicos que conoció durante un retiro budista: el guitarrista Robby Krieger y John Densmore como baterista.

Amén de la presencia escénica de Morrison, el rasgo característico de The Doors fue el Fender Rhodes Piano Bass de Ray, instrumento que suplía el bajo, salvo en algunas presentaciones en vivo donde contrataron a bajistas ocasionales. Pese a no ser ambidiestro, los años de práctica y su virtuosismo natural le permitían a Manzarek tocar con una mano el piano / bajo, y con la otra se encargaba ya sea de un Gibson G -101, o del órgano Vox Continental, el cual confirió un aura psicodélica a temas como The End o Light my fire. Sin embargo, algunos críticos de la costa este –tradicionalmente enfrentados con los californianos- no dudaron en atacar el peculiar sonido de Manzarek, catalogando su estilo peyorativamente como “música circense”. Cabe resaltar que en el segundo disco de estudio Strange Days, fue pionero en el uso de sintetizadores, algo que en su momento no fue del todo bien recibido.

Asustan y confunden con un tono lúgubre y cambiante que transforma bruscamente la voz de Morrison en un fondo oscuro; el obsesionante órgano, el piano y el bajo de Ray Manzarek, la sinuosa guitarra de Krieger, la experta percusión de John Densmore. Casualmente proceden de Los Ángeles, donde su peculiar misticismo goza de una perversa simpatía.

 Revista Time.

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El resto de la historia hasta 1971 es por sobre conocido: seis discos de estudio, conciertos épicos –a veces a pesar de Jim- y autodestrucción de un intratable Morrison, cada vez más enganchado en su papel de rock star. El sereno Manzarek intenta en vano servir de catalizador entre el cantante y los otros miembros de la banda, quienes desean reemplazarlo por Paul McCartney o Joe Cocker.

Tras la temprana muerte de Morrison, Ray intentó mantener viva a la agrupación. Asumió la voz principal, mientras que Krieger se encargó de los coros y aunque lograron sacar un par de discos de mediano éxito, Other voices y Full circle, pero al no contar con el magnetismo animal y movimientos sensuales de Morrison sobre el escenario, perdieron el fervor popular y se separaron definitivamente en 1973.

El mismo año Manzarek inicia su carrera solista con The Golden Scarab. A este disco le seguiría The Whole Thing Started with Rock & Roll Now It’s Out of Control de 1974. Ambas grabaciones no tuvieron gran difusión y se han convertido en objetos de colección. A fines de los 70’s empezaría con Nigel Harrison de Blondie una nueva banda, Nite City, con la cual editaron dos LP’s y se acercó a la escena punk, convirtiéndose en productor de The X, una de las bandas más respetadas del circuito punk californiano. Finalizados estos proyectos, volvió en 1983 con otro álbum solista, Carmina Burana, ópera de Carl Orff basada en poemas de monjes goliárdicos del Medioevo. Esta obra también fue un referente para Manzarek durante su etapa en The Doors.

Durante los años 90’s –salvo esporádicas apariciones en homenajes- vino un silencio musical, donde se dedicó a escribir su autobiografía Light my fire y guiones de cine, llegando a ser uno de los escritores de la versión cinematográfica de la exitosa serie sobre alienígenas The X files.

El nuevo milenio empezó con el tributo post punk / grunge a Morrison, Stoned Immaculate. De este trabajo viene su contacto con Ian Astbury, vocalista de The Cult, con quien deciden revivir a The Doors. El proyecto contó con la venia de Krieger, más no con la de Densmore, quien decidió demandar a la nueva formación.

Obligados a cambiar de nombre, en el 2008 realizaron una gira lucrativa gira sudamericana como Riders on the Storm. Cuando pasaron por Quito, Astbury había sido reemplazado por Brett Scallions, mucho más parecido físicamente a Morrison. El resultado no fue del todo satisfactorio para los asistentes del concierto, no tanto por los gases lacrimógenos con los que la policía ecuatoriana roció a los asistentes o por la pésima acústica del local, sino por la sobreactuación de Scallions, cantante de gran técnica vocal, pero incapaz de suplir el carisma del gran “Rey Lagarto”.

En la década pasada aparecieron otros discos solistas de Manzarek: Love her madly –título homónimo al de uno de los greatest hits de The Doors– y Ballads before the rain. Al igual que sus anteriores intentos, pasaron desapercibidos. Su último trabajo de estudio fue Traslucent Blues del 2011.

En cierta ocasión, Ray afirmó que el rock se había convertido en un circo y que “la única cosa que importa en última instancia es comer un cono de  helado, tocar el trombón, plantar un árbol y ahora eres libre”. De ese merecido descanso tras una vida agitada y su lucha contra el cáncer se trataron sus últimos años. Muere este reciente 20 de mayo en Rosenheim, Alemania, rodeado de su esposa y hermanos. A diferencia de Jim Morrison, quien alguna vez escribió como epitafio I want roses in my garden, Ray pidió como última voluntad a sus fans que no le envíen arreglo floral alguno y que destinaran cualquier homenaje a fundaciones de lucha contra el cáncer.

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