Tullidos

by Molg H.

by Molg H.

Cuando mis amigos me preguntaban acerca de la Paralítica sólo atinaba al silencio. ¿Cómo explicarles la lubricidad que desataba el contacto de sus ruedas contra mis tobillos? Hablar sobre el desvarío del metal impregnado de secreciones sería ocioso: únicamente se cagarían de la risa, gritando: «Eres un cerdo, ¡te estás tirando un cyborg!».

En el fondo, no era muy distinta a otras relaciones que he tenido: un poco vulgar y mezquina pero con el encanto de la novedad. Además, los armatostes que le daban movilidad no le quitaban las ganas de follar.

El problema empezó cuando quise eyacular en su boca, a lo cual se negó rotundamente aduciendo que en sus medicinas había contraindicaciones muy específicas respecto a la degustación de esperma. Todo eso me resultó difícil de creer, así que intenté forzarla a que ingiriera su ración… pero olvidé el arsenal de tornillos y varillas que le insertaron en la garganta.

Así fue cómo me sucedió.

Desde entonces, compartimos medicamentos y terapias. Afortunadamente, a mí no me prohibieron tragar semen y —a veces— antes de que lleguen los clientes que ella me consigue, salimos a pasear en una silla de ruedas dúplex y soy tan feliz como el primer día.

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