La historia se sienta en El Trono de Hierro (GkillCity, 23/04/2015)

…porque Game of Thrones es mucho más que desnudos y dragones

por Fernando Escobar Páez

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Arrancó la quinta temporada de Game of Thrones, serie basada en la saga “Canción de hielo y fuego” escrita por el autor estadounidense George R.R. Martin. Quienes la seguimos con fruición sabemos que esta historia sucede en un medioevo alternativo con claros símiles a sucesos históricos reales. Sin embargo, en este mundo pseudo fantástico su tema central es la naturaleza corruptora del poder político. Las intrigas palaciegas y conspiraciones forjadas en alcobas son más relevantes para la serie que los dragones o los árboles parlanchines, que son rezagos de una época mítica. La mayoría de los personajes son pragmáticos y están ocupados en intestinas luchas de poder como para prestar atención a leyendas que creen superadas, por eso se sorprenden como lo haríamos nosotros ante lo sobrenatural. El invierno y la magia oscura preparan su regreso y pocos en Westeros están preparados para los desafíos que esto implica.

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GoT y algunos de sus referentes

La presencia de seres míticos ha dado pie a comparaciones reduccionistas entre GoT y el “El Señor de los Anillos” de J.R.R. Tolkien. Equiparar ambas sagas es exagerado: la prosa y la relevancia cultural de la obra de Tolkien sobrepasa con creces a la de Martin. En la Tierra Media la magia está de retirada pero se reconoce como verídica, existen gestas heroicas, actos altruistas y una clara distinción entre buenos y malos. En Westeros la magia está de regreso pero nadie cree en ella, predomina el cálculo por sobre cualquier sentimiento y la moral es relativa. Resulta claro que GoT ha tomado mucho más que la ambientación medieval, mamuts –olifantes para Tolkien- y dragones de la obra del también creador de “El Hobbit”, pero la mayor herencia que dejó Tolkien en Martin consiste en dosificar la presencia de elementos sobrenaturales y no exagerar creando bestiarios innecesarios o poderes supremos como salida fácil para la trama.

GoT –al igual que en su momento sucedió con “El Señor de los Anillos”- ha sido tachada de racista ya que los personajes de color son malignos como Xaro Xhoan Daxos, magnate de la desértica Qarth, o esclavos como “Los Inmaculados”, mientras los protagonistas centrales son de raza aria. Tomando en cuenta que hablamos de un hipotético mundo medieval, un multiverso cuyos habitantes viven semi aislados y donde los viajes son peligrosos tal como sucedía en la Europa pre renacimiento, el prejuicio racial y hacia todo lo que provenga del extranjero es lógico dentro de la idiosincracia de la época que se pretende retratar, ergo, tachar de “racista” a GoT implica descontextualizar de forma forzada al texto, que se caracteriza por ser políticamente incorrecto.

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Más que en Tolkien, en quien debemos rastrear la veta literaria de Martin es en Maurice Druon, académico y escritor francés, autor de “Los Reyes Malditos”, una saga de novelas históricas bastante comerciales en su momento, que relata de forma descarnada la caída de la casa real de los Capeto en la Francia de la Baja Edad Media. “Canción de hielo y fuego” también comparte varios elementos -incluso algunos podrían considerarse plagio descarado de parte de Martin- con “Añoranzas y pesares” de Tad Williams, de quien toma a los lobos semi domesticos y a un imprudente niño escalador –Bran Stark en GoT- como héroe. Por la cantidad de sangre, violencia sexual y búsqueda de la venganza a todo precio, también podemos remitirnos a “Titus Andronicus” de William Shakespeare.

Martin ha confesado que su punto de partida fue “La Guerra de las Dos Rosas” entre las casas Lancaster (Lannister) y York (Stark). La Guardia de la Noche, lugar en donde terminan los forajidos para expiar sus culpas, equivale a la Legión Extranjera, aunque para muchos tiene semejanzas con las Orden de los Caballeros Templarios por su carácter monástico militar. El incesto en la casa Targaryen es equiparable al de la dinastía egipcia ptolemaica con quienes comparten además el rasgo de ser conquistadores extranjeros que tras un breve periodo de esplendor, entregaron su imperio a la locura so pretexto de conservar la pureza de su raza. Mientras que en los Lannister, el incesto entre Jaime y Cersei surge del amor verdadero y no del cálculo político. Es imposible no remitirse a la historia de Calígula y Drusila, con la variante de que en GoT, la chica es quien funge de orate despiadada. También se podría mencionar a Lucrecia y Cesare Borgia como antecedente, pero se sospecha que dicha relación fue motivada por su propio padre, el papa Alejandro VI. La historia de las casas reales europeas es más promiscua en la realidad que en cualquier ficción o parodia.

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Otros paralelismos inevitables surgen entre Danaerys y Anastasia Romanov, de quien se dice sobrevivió a la masacre de su familia y huyó al extranjero. La relación homosexual apenas esbozada en los libros pero claramente graficada en la serie entre Renly Baratheon y Loras Tyrell, sería la “amistad” de Eduardo II de Inglaterra con Piers Gaveston; el perverso niño rey Joffrey puede una versión de Enrique III o de Alfonso XIII de España; aunque también lo podemos “encontrar” en el emperador romano Heliogábalo si asumimos que Ollana Tyrell es Julia Maesa… seguir con el listado sería largo y la web está llena de fan sites donde se sugiere y refuta cada uno de los nombres y hechos propuestos como sustento histórico.

Más allá de la ficción, la principal fuente de la que beben toda “Canción de hielo y fuego” es la historia europea. No es gratuito que los fieros dothraki monten a caballo como lo hicieron las hordas asiáticas de Atila y Genghis Kan, ni que el mapa de Westeros sea prácticamente igual al de Inglaterra, con un muro defensivo –ubicado a la misma altura en ficción y realidad- para impedir que los salvajes ataquen a los “civilizados”. Cabe detenerse en la reflexión que hace el personaje de Jon Snow, para quien la dicotomía entre salvajes y civilizados es meramente artificial y determinada por el lugar de nacimiento, no por inferioridad física, moral o intelectual alguna.

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Cuando el discurso audiovisual juega a favor de los personajes

Desde un inicio estaba claro que el lenguaje narrativo de la televisión no permite una adaptación apegada a libros, llenos de detalles enmarañados y árboles genealógicos descomunales como los de Martin, pero muchos de los cambios que hemos visto en la pantalla –como eliminar pasajes claves de los textos para dar espacio a tramas secundarias y la modificación del carácter de personajes importantes- no han cuajado del todo. Oberyn Martell termina convertido en una caricatura con excesivo sabor latino, se dulcifica el odio reprimido que Catelyne Stark siente hacia su esposo en los libros y los Caminantes Blancos lucen demasiado “zombies” como para inspirar terror verdadero.

En contraparte, también se registran cambios que enriquecen la narrativa, como el humor desenfadado con el que se dota a Ollena Redwyne, matrona de la casa Tyrell,  interpretada por Diana Rigg (¡alguna vez fue una sexy chica Bond!). También, en esta versión televisiva Jojen Reed resulta más oscuro e impactante como una especie de niño anciano y se crearon diálogos magistrales como el de Jaime Lannister con un alcoholizado rey Robert Baratheon sobre la naturaleza del asesinato casi al final de la primera temporada.

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Lo que más atrae de GoT es la ambigüedad moral de sus personajes, quienes son capaces de cometer los actos más abyectos pero no por ello se los puede etiquetar de malvados. La evolución va de la mano con los constantes viajes que se ven obligados a realizar, casi siempre escapando de alguna fuerza hostil. En pantalla hemos acompañado los cambios psicológicos que han tenido personajes inicialmente perversos como Jaime Lannister, Sandor “El Sabueso” Clegane, quienes alcanzaron cierto grado de redención ante el espectador cuando dejaron de lado sus vicios sangrientos y ayudaron a personajes que en teoría son sus enemigos. De igual manera, hemos presenciado la degradación de Theon Greyjoy, el progreso de la psicosis religiosa del parco Stannis Baratheon y como la pequeña Arya Stark se convierte en asesina, suceso que en los libros ocurre primero que en la serie y bajo otras circunstancias. Para esta temporada se avizora que la siempre tonta Sansa Stark adquiera rasgos de femme fatale y –tal vez- la tensión erótica entre la muchacha pelirroja y Ser Petyr Baelish, estalle.

Más allá de la riqueza visual, actuaciones memorables, efectos especiales más que aceptables, y popularizar a un autor relevante pero poco conocido fuera del mundo anglosajón, el mérito de GoT consiste en la cantidad de lecturas que pueden generarse a partir de la serie. Además de desatar una fiebre hacia la investigación histórica y la cartografía fantástica, teorías de la conspiración, parodias porno e infantiles (recomiendo en particular la de Sesame Street), memes poco brillantes y convenciones de freakys obesos y mal disfrazados pero sinceros en su fanatismo, GoT –y en consecuencia “Canción de hielo y fuego”- es un fenómeno masivo dentro de la industria cultural, sino el más relevante, de seguro el que más debates y facturas ha generado en lo que va de la década.

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