Tres versiones de El Bosco y un búho para Jheronimus (La Barra Espaciadora, 14/07/2010)

por Fernando Escobar Páez

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El jardín de las delicias.

El personaje cultural de este año lleva medio milenio muerto y se le atribuyen varios nombres acorde al rigor histórico, heráldico o lingüístico del investigador, aunque es su simple apodo -forjado en medio de las ociosas tertulias de los círculos nobiliarios del imperio español- el que ha pasado a la posteridad: El Bosco.

Poco se sabe de la vida de este enigmático pintor neerlandés, las escasas certezas que se conservan de su persona son los registro de un gran incendio que devastó su burgo natal[1] durante su infancia, que perteneció a una extinta estirpe de artesanos de origen alemán, y unos añejos papeles de índole burocrática que nos muestran a un ciudadano de clase media que ganó fama y el respeto de la nobleza local gracias a su genialidad. Pagaba sus impuestos, firmaba contratos, y compraba tinturas de colores hoy en desuso al apotecario de Grote Markt[2].

Resulta un tanto paradójico que el creador  de algunas de las pesadillas más perdurables de la cultura occidental y que han fungido de inspiración de variopintas obras artísticas hasta nuestros días, haya llevado una existencia tan tenue y tranquila que se desvaneció sin dejar rastros de turbulencia alguna en su diario vivir.

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La tentación de san Antonio, detalle.

***

Un mundo cambiante y el renacimiento norteño.

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La vida del maestro nacido bajo el nombre de Jheronimus van Aken[3] transcurrió en una ciudadela amurallada surcada por canales de agua fétida, atestada de leprosos y locos escapados de alguna Stultifera Navis[4], quienes solían ser ejecutados públicamente a pedido de los Domini Canis[5], muy celosos de preservar la moral y mantener sus arcas repletas de oro.

Por ese entonces la apocalipsis era una certeza para los europeos, quienes veían señales del fin de los tiempos en cada revolución campesina o en las hordas de víctimas del fuego de san Antonio[6], antaño ciudadanos trabajadores que devinieron en monstruos de alma y cuerpo tullido.

El panorama donde creció Jheronimus y donde El Bosco desarrolló su vesánica obra, se completa con el descubrimiento de un mundo nuevo lleno de monstruos allende el océano Atlántico, y con el miedo que inspiraban las entonces nacientes doctrinas protestantes, las cuales al poco tiempo alzarían la espada para con sangre desplazar al no menos sangriento catolicismo romano del norte europeo.

Pocos imaginarían que en ese gris burgo pantanoso y carente de montañas se gestaría la obra que marcaría el fin del medioevo y el paso hacia un tipo peculiar de renacimiento propio de Europa del norte, donde engendros lujuriosos que violan las leyes de la taxonomía y pálidos santos de belleza siniestra hacen de las suyas, una escuela pictórica pesadillesca y crítica hacia los dogmas de fe, más oscura e irónica que su celebérrimo, racional y luminoso hermano italiano.

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La adoración de los magos.

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Tres versiones de El Bosco.

Una vez conocido el contexto histórico de El Bosco, cabe preguntarse el por qué el mismo hombre que con su pincel sigue embrujando al público quinientos años tras su desaparición física, no pudo –o no quiso- coger la pluma para acompañar su legado con palabras.

Estudiosos y vulgo han encontrado en los cuadros de El Bosco referencias explícitas a refranes populares e incluso partituras musicales destinadas a ser tocadas en el mismísimo infierno. Cada pequeño monstruo que pasó de la cabeza del maestro neerlandés a la tabla de dibujo se convierte en sujeto de lecturas diametralmente opuestas, a partir de las cuales los eruditos difunden tres retratos psicológicos o versiones del hombre apodado como El Bosco.

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Las tentaciones de san Antonio.

El moralista: Defendida por la crítica más conservadora, afirma q ue El Bosco fue un artista piadoso que al retratar exageradamente los pecados del mundo buscaba dejar una enseñanza moral, mostrando los horrores que en el infierno esperan a quienes se alejen del camino señalado por la iglesia. Esta lectura esgrime como mayor prueba al hecho de que los principales clientes de El Bosco fueron la orden de los dominicos, quienes encargaban retablos y cuadros varios al taller familiar. Se afirma que la relación entre esta orden religiosa y los van Aken fue tan estrecha que llegaron a encargarles obras donde se hacía escarnio de los franciscanos, contra quienes competían territorial y económicamente. Otro hecho que contribuye a encasillar a El Bosco como un hombre conservador, es su comprobada pertenencia a la Hermandad de Nuestra Señora, influyente y poderosa institución seglar donde fue admitido pese a no tener origen noble, algo que solo se explica si El Bosco hubiese sido un hombre que exhibía un profundo celo religioso en su vida diaria.

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El carro de heno.

El hereje: Si bien existen documentos históricos que respaldan la afiliación de El Bosco a la Hermandad de Nuestra Señora, los revisionistas afirman que su ingreso se debió a razones comerciales poco piadosas, y que en realidad pertenecía -de forma clandestina- a la secta de los adamitas. Esta comunidad herética medieval practicaba el nudismo colectivo y –al igual que los cátaros- rechazaba la cópula. Esto explicaría el hecho de que El Bosco no hubiera dejado descendencia y la cantidad anómala de desnudos que se exhiben en el panel central de “El Jardín de Las Delicias”. Otro argumento usado para tachar a El Bosco como hereje es la pirueta teológica que se desarrolla en el panel izquierdo de dicho cuadro, el cual corresponde a la génesis del mundo. Aquí apreciamos que la figura de Dios Padre es representada de forma poco convencional, demasiado similar a las representaciones clásicas de Jesucristo y nada parecida al anciano de barba larga y mirada poderosa que se acostumbra a asimilar como el creador. Cuestionar de forma tan abierta el concepto de la divina trinidad en dicha época, exponiéndose a las torturas de la Santa Inquisición, es algo que solo un hereje contumaz hubiera hecho.

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El calvario con donante.

El rebelde con causa: Una lectura menos extremista y más humana es la propuesta por el investigador y novelista gráfico Marcel Ruijters, quien en sus viñetas muestra a un Jheronimus van Aken que cuestiona a la sociedad en la que vive, pero su crítica no obedece a herejía alguna sino a la justa indignación colectiva que sentían los ciudadanos comunes ante los abusos del clero y la aristocracia local. Si bien la reconstrucción que realiza Ruijters contiene algunos elementos y personajes ficticios, parte de documentos históricos y de la contextualización de El Bosco dentro del convulso ambiente de transición que se vivía en la Europa a fines del siglo XV e inicios del XVI, con la expansión del mapamundi, el fin del medioevo y la difusión de los ideales que darían forma al renacimiento. Al igual que la mayoría de sus contemporáneos, El Bosco apenas cruzo los límites de su comarca, pero se sabe a ciencia cierta que fue un hombre culto que aprendió latín y nociones científicas en el monasterio local, donde seguramente tuvo contactos con obras como la popular “La visión de Tundal” y su recorrido por el averno, así como con la del pintor y miniaturista Simon Marmion, artista muy popular entre los clérigos flamencos. Estos solían atesorar en sus bibliotecas monacales extravagantes bestiarios que bien pudieron servir de inspiración para las criaturas de El Bosco. En su genialidad y haciendo gala de un sentido del humor superior, El Bosco supo no solo complacer a los dominicos y aristócratas locales para evitar la persecución, sino también deslizar críticas más o menos veladas hacia sus poderosos patrones, tal como se puede apreciar en el poco laudatorio cuadro de “El calvario con donante”, en el sacerdote cara de cerdo con tonsura dominica de “Las tentaciones de san Antonio”, o en el monstruoso pajarraco con capa cardenalicia que porta indulgencias, clara alusión al delito de simonía, que aparece en el mismo cuadro.

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Las tentaciones de san Antonio, detalle.

***

Epílogo: un búho para Jheronimus.

 

¿Qué tendrán que ver los pensamientos de esa gente con la realidad del pintor de s’Hertogenbosch que nunca supo de la existencia de Freud, que nunca vio una pintura surrealista y que no comprendería de ninguna manera los comentarios de los especialistas que estudian su obra? El Bosco ha desaparecido. El cuadro se ha despedido de él, él ya no puede alcanzarlo como tampoco podría alcanzarlo a él ninguna de las personas que están frente al cuadro.

– CEES NOOTEBOOM, El Bosco: Un oscuro presentimiento. pag. 24.

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El jardín de las delicias, detalle.

La coyuntura de un número tan redondo como es quinientos ha motivado no solo que el Museo del Prado madrileño ponga en marcha una mega exposición que reúne al 90% de la obra conocida de El Bosco, sino también una avalancha de documentales, libros e interpretaciones conmemorativas, a veces eruditas y otras oportunistas, donde algunos afirman haber penetrado en el misterio oculto tras la obra de El Bosco.

Puede que algún estudioso efectivamente haya dado en el clavo al interpretar los símbolos y metáforas de los cuadros de El Bosco, pero las razones del hombre Jheronimus van Aken seguirán siendo  inescrutables como un búho, animal que aparece de forma recurrente en sus obras y que nos mira fija e insolentemente, con todo el peso de cinco siglos de muerte e ironía en sus ojos.

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Extracción de la piedra de la locura.

[1] s’Hertogenbosch, Den Bosch o Bodulque para los hispanoparlantes de la época.

[2] Mercado central de su pueblo, cerca del cual se hallaba la casa taller de los van Aken.

[3] Al pertenecer a una familia de artesanos, solo el hermano mayor, Goessen, mantenía el derecho a usufructuar del apellido paterno. Jheronimus usaba el gentilicio de su ciudad y recién al final de su carrera empezó a firmar sus cuadros a la usanza española.

[4] Nave de los locos. Embarcaciones donde se enviaba a los indeseables fuera de la ciudad, librándolos a su suerte. “Encerrado en el navío de donde no se puede escapar, el loco es entregado al río de mil brazos, al mar de mil caminos, a esa gran incertidumbre exterior a todo. Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas: está sólidamente encadenado a una encrucijada infinita. Es el Pasajero por excelencia, o sea, el prisionero del viaje. No se sabe en qué tierra desembarcará; tampoco se sabe, cuando desembarca, de qué tierra viene. Sólo tiene verdad y patria en esa extensión infecunda, entre dos tierras que no pueden pertencerle”. MICHEL FOUCAULT, Historia de la locura, Tomo I. pag. 27.

[5] “Perros del señor” en latín, apodo despectivo con el que se conocía a los monjes dominicos.

[6] Enfermedad medieval que causaba alucinaciones, amputación y deformación de extremidades y cuyas víctimas terminaban convertidas en parias. Causada por el hongo cornezuelo que crece en el centeno y en el trigo, donde libera micotoxinas venenosas para los seres humanos.

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Link del texto original: 

Tres versiones de El Bosco y un búho para Jheronimus van Aken

 

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